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Entre la teoría y la nada:
Tratado del Amor
de José Ingenieros

ISSN 1666-3519
Copyright© 2001
Año 1 Número 1 2001

Jorge Panesi
Universidad de Buenos Aires, Argentina.

 

Un intelectual proyecta, se proyecta. Es lo que se llama “un proyecto intelectual”, pero también se trata de una proyección, en el sentido de una “identificación”. El intelectual se identifica con ciertos resabios del pasado, con las estelas rescatadas de otros proyectos intelectuales anteriores, con otros maestros pretéritos en los que explícitamente, y por selección natural, se identifica; porque una de las formas específicas de intervenir cultural y políticamente es a través del magisterio, ese campo histórico de proyecciones imaginarias donde lo individual se suelda a lo colectivo. Y si la circunstancia histórica y juvenil está ávida de maestros, un intelectual, el primer intelectual de las masas argentinas, José Ingenieros, habrá de devenir en sus gestos declamatorios, “el maestro de la juventud”. Secreto sueño cumplido, el de José Ingenieros: conquistar con la aridez aseguradora e implacable de la teoría o de la ciencia positiva (la biología, la psicología, la criminología, la sociología) un público medio y popular que lo lee proyectándose, identificándose con aquél que lo guía en el descubrimiento de su propia situación cultural y social, y le permite afirmar modestos conatos de rebelión ante lo dado. 

Asistiríamos a una cadena de sucesivas identificaciones por asimilación o por rechazo de un modelo cumplido en la relativa felicidad de unas precisas circunstancias históricas, las que le tocó a Ingenieros, por parte de los intelectuales posteriores, aquellos que se llaman de izquierda, creyentes siempre en el valor certero de unas teorías que constituyen su razón de ser en el mundo, y de la posibilidad de intervenir con la fuerza de esa ciencia sobre las masas, oscuro montón al que siempre hay que despertar de los sueños de mediocridad.

Desde Ingenieros habría, pues, dos públicos simultáneos a los que hay que satisfacer: el de los círculos científicos, pares que leen las encuadradas monografías donde se proponen novedosas clasificaciones de los degenerados delincuentes[i], y el amplio público medio que absorbe la divulgación de esas teorías, y al que hay que educar con el optimismo de un progreso ilustrado. Como si el intelectual de izquierdas se sintiera secretamente amputado si sólo ejerciera su maestría en uno solo de esos campos. Como si secretamente o con premeditación, desde Ingenieros, el intelectual no estuviera completo si no escribe para esas masas que lo fascinan y  a las que, a la vez, desprecia. 

No cuesta mucho imaginar el influjo de Ingenieros sobre un público medio, y de forma continuada mucho más allá del año de su muerte, 1925. Por lo menos para los estudiantes pequeño burgueses de mi generación, que al igual que yo, heredamos de macilentas bibliotecas familiares alguna reedición de El hombre mediocre o la Sociología Argentina. Testimonios polvorientos, amarillentos, en el límite de una legibilidad o de un candor anacrónicos que persistían como una fe laica, como esos sermones laicos que Ingenieros, a sabiendas, escribía para ilustrar animosamente  a las “generaciones del porvenir”.  Y que hacia 1990, en el colmo del anacronismo, incrédulo ante el milagro intacto de su lectura, pude comprobar se mantenían casi con vehemencia en el ejemplar anotado del Tratado del amor  que una prostituta me regaló cuando yo intentaba fallidamente transitar la marginalia de la noche para cumplir con la moda intelectual de los “Estudios culturales”[ii]. ¿Estoy novelizando? ¿Maquillando la objetividad? Quizá esté enredándome con la literatura, como Ingenieros, en medio de un discurso ensayístico y demostrativo, para preguntar ¿qué leyó una prostituta en el Tratado del amor, setenta años después de haber sido bosquejado? O al revés, ¿por qué un intelectual fascinado por el mundo de la delincuencia patológica necesita crear, como Ingenieros, la figura cómplice de la prostituée savante? En su papel de “maestro de la juventud”, dando unas lecciones sobre Le Dantec en el Centro de Estudiantes de Medicina en Buenos Aires, esparce la siguiente anécdota:

  Hace algunos años, visitando en París a un hombre de letras centroamericano, encontréme en su casa con una de esas mujeres que dicen de sí mismas que “hacen la vida”. Cuando supo que yo estudiaba filosofía, no pudo contenerse; me habló con pasión de los discursos de Enrique Bergson y exclamó, al fin, con entusiasmo:

¡Oh, ese sí que enseña a comprender “la vida”!

¿La vida? ¿Qué significaban esas palabras en la imaginación de una mujer que “la hacía” para vivir? Confieso que ese episodio me enseñó más que un entero tratado sobre psicología de la moral: el filósofo “de la vida” era el que sabía hablar un lenguaje suficientemente inexacto para que cada oyente comprendiese lo que le parecía mejor[iii].

La experiencia popular de la lectura de Ingenieros demostraría la eficacia de un estilo en el que, seguramente, “cada oyente comprendió lo que le parecía mejor”, pero no ya por el vagaroso verbalismo espiritualista de Bergson, sino por una retórica literaria de la precisión científica. Un intelectual en sus contactos con el gran público acude armado de su ciencia, pero lo que perdura es el efecto incantatorio de sus posiciones retóricas, la precisa entonación con la que un vocabulario determinado se convierte en fenómeno de identificación vital, es decir, en un caso de literatura. Hacia el público popular un intelectual  llega por la identificación y por la retórica.  Los biógrafos de Ingenieros han señalado el costado literario del maestro, y por su parte, el biografiado en su etapa primera, la de enfurecido redactor  junto a Leopoldo Lugones del periódico socialista y antiburgués La Montaña, no vacila en novelizar en esas páginas propagandísticas del nuevo credo, un episodio de la comuna parisina que titula “Bautismo de sangre[iv]”. En este exaltado folletín, una madre, petrolera de veinte años, amamanta a su niño en las barricadas, cuando  una descarga de fusiles rompe la cabeza del inocente. Ingenieros concluye así su folletín:

La frente del niño fue salpicada con sangre humeante, que salía de una frente perforada por el plomo... Y cayó para siempre tras la barricada. Ella, la madre de veinte años, hermosa y pálida como un suspiro de la Luna, de bellos ojos misteriosos con la expresión del Infinito.

Habría entonces en la cadena de sucesivas identificaciones intelectuales un comienzo. Y este comienzo se corresponde con una teoría de la lectura del propio Ingenieros: la lectura como romántica identificación sentimental, que figura como pieza maestra en la teoría del amor, en su proyectado y no publicado Tratado del amor. La parte cuarta, dedicada a la “Psicología del amor” contiene artículos previamente aparecidos  en la Revista de Filosofía: “Werther y Don Juan”, “Cómo nace el amor”, “La pasión de amor”, “La desilusión de amor”, y “Los celos”. Es la parte más literaria en la que Ingenieros convoca al lector, al lector joven:

¿Por qué chica alegre, un día de primavera amaneces triste y tú, gárrulo joven, te apartas de tus compañeros festivos[v]?

Comunidad, identificación, lugar común estético que reclama un tipo de lectura proyectiva y sentimental, enunciada expresamente mediante la invocación operística: Tristán e Isolda y La bohème de Puccini:

Muchos que tenían veinte años, al escuchar por vez primera la ópera de Puccini, no pueden volver a oírla sin que se les anude la garganta al terminar el acto tercero y sin que una lágrima turbe sus pupilas en el final del acto cuarto[vi].

Verdaderas escenas de lectura porque en ellas, como en un juego de espejos, Ingenieros muestra cómo lee él, olvidado por un momento de la teoría psicológica, y propone un modo de leer que es el mismo que su lector ha ensayado ya:

Conocéis, ciertamente, la historia de Otelo. Si diez veces la habéis leído en el drama de Shakespeare, otras tantas, en el acto tercero, las páginas del libro han temblado entre vuestros dedos, como si la corrosiva obsesión del Moro fuera capaz de induciros a aborrecer el amor[vii].

En esta comunidad de experiencias estéticas, la teoría retrocede o aparece como una mera etiqueta sabia que reasegura la tautología de la lectura en un plano explicativo, “científico”. Está claro que el amor es un plus que excede la teoría y que ésta, apela a una demostración que sólo puede resolverse narrativamente, en un relato que la poesía o la literatura ya contienen como condensadores de la experiencia amorosa. Y la literatura no es sólo aquello que debe ser explicado, sino también aquello que explica y que contiene el principio clasificador de la ciencia. Otro plus. Desde siempre se es Werther o Don Juan, parece decir Ingenieros: esencias de la conducta amorosa, tipologías subjetivas del amante que la literatura ofrece, puestas ya en una narración reveladora donde los sujetos se explican y se identifican y donde la ciencia se encuentra confirmada. Un complemento, el mismo que permitirá a Ingenieros atenuar la rigidez positivista del pensador científico para adecuar su optimismo  a contextos, como los de la primera guerra mundial, la revolución rusa o la mexicana, que parecían alterar definitivamente  la imagen de un progreso humano continuado. Como el plus del amor, la fuerza explicativa de la teoría reúne o recompone sus certezas optimistas con la posibilidad de reacomodar lo imprevisible histórico en una narración donde lo estético preveía ya lo imprevisible: “El análisis de la Isolda wagneriana nos ha permitido advertir la concordancia entre la intuición artística y la inducción científica –afirma Ingenieros explicando su método en el Tratado del amor-, pues ambas cuando interpretan con exactitud la vida humana, convergen a un mismo resultado y sirven de contraprueba recíproca[viii].

El amor es un exceso previsible acicateado entre la fuerza instintiva de la especie, y el ideal por un lado, y por el instinto de domesticidad o cuidado de la prole, por el otro;  contiene en sí aquel punto de la teoría que es una fuerza anárquica, rebelde, el punto de rebeldía encarrilada que permite a la teoría de Ingenieros montar un polo de identificación no sólo con los jóvenes lectores contemporáneos, sino también con los rebeldes lectores intelectuales del porvenir. 

El amor como fuerza instintiva es el punto de fuga de la teoría; si bordea siempre la sombra o incluso algo parecido al instinto de muerte (al cual parece acercarse conceptualmente Ingenieros cuando analiza Tristán e Isolda), triunfa inclusive en su fracaso, indestructible porque encierra románticamente la rebelión instintiva contra las fuerzas sociales que le imponen sus convenciones.

Como la teoría optimista del desarrollo social de Ingenieros, en la ceguera misma del amor está implícita la certeza feliz de su triunfo. El triunfo del amor o el triunfo de la teoría biológica y social que posibilita el optimismo voluntarista de Ingenieros.

Por eso, Tristán e Isoldaes rebeldía del Instinto contra todos los dogmatismos sociales, insurrección del Amor contra el matrimonio, revancha del Ideal íntimo contra las conveniencias exteriores[ix] .

Y por eso, también, Ingenieros en contra de otros tratadistas, reivindica la pasión de amor, preocupándose por diferenciarla sanamente de las formas patológicas, las ideas fijas intelectuales y las obsesiones. ¿Qué controla o regula la pasión sana del amor? El ideal. El ideal de amor no reñido con la eugenesia sabia, ciega e inconsciente de la especie, un ideal que la teoría mantiene en el plano de la interpretación histórica como lo que distingue en su posesión al aristócrata intelectual de la mediocridad masiva, sin ideales, y que es su fuerza moral antidogmática, una moral sin dogmas. Como dice Tulio Halperín Donghi en una reciente exégesis de Ingenieros (en Vida y muerte de la República verdadera[x]) “lo que hace mejores a los mejores no es la institución intelectual (o la artística celebrada por su capacidad cognoscitiva) que invocaba Ingenieros; es una insobornable sensibilidad moral que los mantiene leales aun en las más duras circunstancias a principios eternamente válidos”.

Si en los sucesivos contextos históricos la clerecía intelectual  ha reivindicado para su autoafirmación  la pureza de tales principios morales diferenciadores, la figura de Ingenieros  muestra  a estos clérigos la irrupción de un nuevo tipo cultural exitoso: no ya el científico patricio como Ramos Mejía, maestro de Ingenieros, sino el inmigrante portador de una consideración social únicamente adquirida en el prestigio científico y académico. Digámoslo con palabras de Viñas: “Si las crisis devoran lo decorativo, los centrismos y exasperan lo esencial, en la Argentina –sobre el 1900– no sólo liquidaron las etiquetas o comanditas entre compadres como Roca y Pellegrini, sino que prenunciaron el agotamiento del monopolio del poder intelectual por parte de la élite liberal victoriana[xi].

Sin embargo, en 1925, cuando muere Ingenieros,  la revista Martín Fierro lo encuentra demasiado “personajón” y seguramente saturado de una estética demasiado decimonónica.  En la anónima nota necrológica  se declara que su ciclo intelectual hace tiempo se había agotado, y su éxito “en tierras cálidas del continente y por núcleos de estudiantes universitarios argentinos[xii] es algo anacrónico. Como Lugones, Ingenieros es cosa del pasado o merece estar en el cementerio satírico (un juicio que para alguien aterrado por la vejez como él hubiese sonado como el peor de los infiernos). Y la nota necrológica le retacea hasta el título de “maestro” unánimemente acordado. Para Martín Fierro, un egoísta nietzscheano como Ingenieros no puede ser un “maestro de la juventud”. Una negación que  en realidad subraya su papel de precursor de la Reforma del 18 y el giro americanista que dio finalmente su pensamiento.

Hacia las ideas y la acción políticas desde la actividad universitaria: una nueva posibilidad para los intelectuales, es eso lo que finalmente, Martín Fierro parece reconocerle a Ingenieros[xiii]. Y así, en 1936 con esta convicción, Sergio Bagú, su biógrafo veinteañero, que no lo ha conocido personalmente, erige la figura de un maestro de bronce y mármol, campeón sin mácula del ascetismo intelectual, dedicando muy poco espacio a los pequeños detalles “subjetivos”, como reconocerá a modo de crítica en una reedición del libro. Las anécdotas figuran allí sólo al servicio de una estampa hagiográfica; Ingenieros es casi una pura intelectualidad trabajadora y estudiosa. Bagú transcribe un Autorretrato, publicado en 1915 por Mundo Estudiantil:



Personas conozco que dicen admirar mi talento; las más de ellas podrían hacer lo que yo hago, con sólo poseer mi prodigiosa salud física y mental, y mis hábitos de trabajo, nunca interrumpidos de veinte años a esta parte  En suma, tengo una buena máquina lubricada por lecturas incesantes y que trabaja siempre, con regularidad (...) Si esta máquina aguanta diez o quince años más, podré cumplir un programa que ya me trazado. Me ayuda a creerlo la completa felicidad que me rodea en el hogar, donde mi distracción más agradable consiste, actualmente, en ayudar a mi esposa a cambiarle los pañales a nuestra nena; pongo en ello tanto interés como en leer a Aristóteles y Kant. (...) Como se ve, y aunque ello no contiene secreto alguno, soy un hombre sano, bueno y trabajador[xiv].


Indudablemente el joven Bagú celebra los valores pequeño burgueses de un nuevo tipo intelectual, pero lo que despierta su admiración, consignando discursos, ceremonias académicas, banquetes, congresos en los que interviene Ingenieros, es la inédita repercusión internacional  (tanto americana como europea) de un intelectual universitario argentino; un momento de apogeo  para el pensamiento nacional encarnado en un solo individuo, y  también la apoteosis del individualismo intelectualista.

Apogeo no sin tensiones épicas  con el poder político, como lo muestra la renuncia de Ingenieros a su cátedra en Filosofía y Letras cuando el presidente Sáenz Peña no convalida su nombre en un concurso de la Facultad de Medicina. Lo que admira al biógrafo Bagú es el reconocimiento de los popes intelectuales  de la ciencia europea y el tratamiento de igual a igual que esos sabios le dispensan. Juveniles proyecciones individuales de glorias y honores, puesto que el biografiado alcanza joven los laureles de la admiración internacional.



 Sucesivos contextos traumáticos traen a la especulación cultural argentina un distanciamiento crítico respecto de las ideas de Ingenieros que no acalla del todo la admiración por su relieve de personaje intelectual exitoso, ni por la complejidad de sus intervenciones públicas. Es lo que puede leerse entre líneas en el que es, hasta el momento, el trabajo de revisión crítica más comprensivo que se haya intentado sobre Ingenieros. Se trata de Oscar Terán[xv], quien  ha desalojado definitivamente las interpretaciones que reducían su pensamiento a la matriz positivista. Lo que Terán admiraría en Ingenieros, y de una manera en absoluto complaciente, es la capacidad proteica de la teoría y del personaje para adaptarse y adaptar los matices de la reflexión cultural o política a distintas y complejas coyunturas históricas sin que por ello su integridad intelectual se quiebre, ni que el núcleo fundante de su reflexión se extravíe.



Por su parte, la crítica literaria que madura hacia fines de 1960 y durante los primeros años de la década del 70, sensible a los problemas que plantea el enfoque de la literatura masiva y popular, rescató de la mano de Beatriz Sarlo, un aspecto del Tratado del amor, ese que casi estuvimos por llamar folletinesco o, peor aún, la teoría que deviene folletín. Las conferencias que luego formarían parte de ese Tratado, nos dice Sarlo, aparecieron en las mismas páginas de La novela semanal, que ella estudia en El imperio de los sentimientos[xvi]. Sin embargo, y a pesar de este contacto físico entre teoría y narración sentimental, el Tratado del amor  no es el armazón conceptual de las novelas periódicas –dice Sarlo-, sino el trazado involuntario de sus condiciones de posibilidad. Casi constituyen la  teoría de las novelas periódicas del corazón, a no ser porque el amor es para Ingenieros una fuerza que se opone a las convenciones sociales. Cercano, entonces, al objeto que teoriza inadvertidamente, respetado en el campo de ese mismo objeto como un teórico de los sentimientos, Ingenieros tendría una virtud casi impensable para un crítico literario que escribe en 1985: su teoría académica cruza las fronteras culturales, actúa en otro sector del “campo”.

Si recordamos que este cruce de fronteras era un ideario que el “discurso de la dependencia” sostuvo con énfasis teórico hacia 1972 o 1973, podríamos leer como un subrayado admirativo (aunque anacrónico) cuanto Sarlo dice de Ingenieros: un “escritor faro” cuyo peso intelectual “en la sociedad argentina de las tres primeras décadas del siglo XX era muy grande. Se trataba de un tipo de escritor-científico de colocación múltiple, ubicado en diversos lugares del campo intelectual, y, por lo tanto, capaz de influir de la manera más extensa en la conformación de ideologías sociales que desbordan los límites del propio campo[xvii].

Habría que dar una vuelta más de tuerca en esta relación entre folletín popular y teoría del amor: lo que permite el “cruce de fronteras” es una lengua común. Ingenieros en el Tratado del amor habla el mismo lenguaje folletinesco de las novelas del corazón. Piensa su teoría del amor narrativamente, en el registro del folletín. Por eso más que inventar su “teoría del flechazo”, o la “teoría de la intoxicación amorosa”, las recoge de las novelas que lee en comunión con su público, o del lenguaje cotidiano: “En una hora, en un minuto, puede jugarse el destino de una vida[xviii] –afirma con el mismo patetismo de las novelas. Como si la teoría cediera al torbellino y sólo quedase la posibilidad de la narración folletinesca.

La ficción acecha a la teoría, y no solamente por el material literario, novelístico, poético, operístico que le brinda. La simulación (ese tema de tesis) acecha, desborda los límites de la experiencia verdadera. Si hay literatura, seguramente habrá ficción. Por ejemplo, la ficción o la novela de la juventud que Ingenieros se empeña en narrar. En su etapa antiimperialista publica con Aníbal Ponce el periódico Renovación y firma el manifiesto inicial como uno de tres estudiantes universitarios que lo redactan, Julio Barreda Lynch, un doble filosófico de Ingenieros que perdura en el tiempo. La juvenilia es el preciado objeto, el irónico objeto en el cual el maestro, en los límites de la imposibilidad espejeante del deseo ha decido contemplarse a sí mismo. Como cuando  finge responder al reportaje de un tal Alberto L. Solari, que es él mismo y a quien confiesa:

Temo que pasados los cincuenta años mi inteligencia decaiga, como la de todos y me dé por escribir sandeces adaptadas a las mentiras convencionales”.

Frase que abre la perspectiva de una simulación verdadera, una mentira verdadera, la de la teoría. O, en el casi paroxismo de la jugarreta, cuando publica en Nosotros  una traducción de Inno a Satana  de Carducci que firma con el seudónimo casi clerical y oligárquico de Francisco Javier Estrada, fingido poeta cordobés, que va acompañada de una nota explicativa de Roberto Giusti.

La teoría positivista no puede, en su contención científica, más que excederse a sí misma o jugar a la ficción consigo misma si es que busca algún ápice de verdad. Por lo tanto, el exceso incontenible del positivismo queda contenido en la tentación estética de hacer literatura.


Encerrar a Ingenieros y al espejo que prometió como ejemplo deseado a los intelectuales futuros en el título “Entre la teoría y la nada”, parece al menos, un patetismo innecesario o injustificado, pues es difícil imaginar a alguien que haya rozado con tanta intensidad la plenitud de un proyecto intelectual cumplido como nuestro personaje. Pero si alguien juega irreverente consigo mismo y se duplica con los dobles de la ficción, es que está jugando con la nada, con la nada contaminante de la literatura. Y es a un novelista amigo, Roberto J. Payró, a quien Ingenieros escribe en broma “en vista del buen éxito, continuaré simulando”.

Quizá en el juego especular que hemos propuesto con el título, más allá del patetismo retórico (el mismo que podríamos encontrar en muchas páginas del Tratado del amor), no se trate de la nada con la que indudablemente jugó Ingenieros, sino de los sentimientos, o de una educación sentimental. Que es, desde luego, la mía, o si quieren, la de nuestro contexto intelectual desde hace mucho tiempo. Pero, y también desde hace mucho tiempo, ¿qué otra cosa podría oponer un intelectual a la nada?

[i] Clasificación clínica de los delincuentes, trabajo presentado ante el quinto Congreso de Psicología de Roma, al que Ingenieros  asistió como representante argentino (abril de 1905). Cf. Bagú, Sergio, Vida ejemplar de José Ingenieros, Buenos Aires, El Ateneo, 2ª. Edic. 1953 (1ª en 1936).

[ii] Panesi, Jorge, “Marginales en la noche”, en Críticas, Bs. As., Grupo Editorial Norma, 2000.

[iii] Bagú, Sergio; Op.Cit., p. 156.

[iv] Ingenieros, José, “Semana de mayo, 1871. Bautismo de sangre”,  La Montaña. Periódico socialista revolucionario, a. I. N. 4, 15 de Mayo de 1897. Reimpresión de la Universidad Nacional de Quilmes, Bs. As., 1996, p. 94-95.

[v] Ingenieros, José, Tratado del Amor (Texto ordenado por Aníbal Ponce), Buenos Aires, Ramón J. Roggero Editores,  1950, p.241.

[vi] Ingenieros, José, Tratado del Amor, cit., p. 256.

[vii] Ingenieros, José, Tratado del Amor, cit., p. 293.

[viii] Ingenieros, José, Tratado del Amor, cit., p 289.

[ix]  Ingenieros, José, Tratado del Amor, cit., p. 291.

[x]  Halperín Donghi, Tulio, Vida y muerte  de la República verdadera (1910-1930), Buenos Aires, Ariel, 1999, p. 71.

[xi] David Viñas: Página 12 del 30-7-2001

[xii] “Ingenieros” (sin firma), en Martín Fierro, Segunda época, año II, noviembre 14 de 1925.

[xiii] Como lo observó muy bien Oscar Terán: “Esta convicción es por otra parte el índice de que las incursiones en la política podían empezar a imaginarse en la Argentina partiendo del interior del campo intelectual como una prolongación de las actividades profesionales y no, al modo del letrado tradicional, como una práctica exterior a las tareas específicamente intelectuales”, en Terán, Oscar, José Ingenieros: Pensar la nación, Buenos Aires, Alianza Editorial, 1986, p. 18.

[xiv] Bagú, Sergio, Op.Cit., p. 148

[xv] Terán, Oscar, José Ingenieros: Pensar la nación, cit.

[xvi] Sarlo, Beatriz, El imperio de los sentimientos, segunda edición, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2000 (l° edición en 1985)

[xvii] Sarlo, Beatriz, El imperio de los sentimientos, cit., p. 118.

[xviii] Ingenieros, José, Tratado del Amor, cit., p. 253.

 
     
   
 

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ISSN 1666-3519 - Copyright© 2001 - Año 1 Número 1 2001