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Imperio, por Michael Hard y Antonio Negri

ISSN 1666-3519
Copyright© 2001
Año 2 Número 3 2003
Buenos Aires: Paidós, 2002

José Manuel Martínez
Universidad de Buenos Aires - Universidad Nacional de Rosario, Argentina.

 

En el clima festivo del Milenio era difícil imaginar los sucesos catastróficos que tuvieron lugar poco después, sin embargo Michael Hard y Antonio Negri publicaron un libro milenarista: Imperio[1]. El libro consta de un prefacio muy medular y cuatro partes. La primera desarrolla la categoría introducida por los autores, el “imperio”, que en su intención no es una metáfora tomada del pasado y se define a partir de un corte conceptual con el “imperialismo”; esta categoría es novedosa no sólo en las ciencias sociales en general sino respecto de la obra misma de Negri. La Segunda parte opone dos formas históricas de constitución: la soberanía colonial europea y el poder en red propio de la soberanía de los Estados Unidos; estas categorías ya las había trabajado Antonio Negri en su libro El Poder Constituyente[2], la novedad, ya anunciada en la primera parte y el prefacio es la extensión de las categorías propias del poder en red a una escala global. Esta extensión del poder en red no es, en la intención de los autores, una extensión del poder nacional de los Estados Unidos, sino una generalización a escala global de la forma del poder en la Constitución Norteamericana. Esta parte termina con un “intermezzo” que sirve de inflexión a los temas tratados y la tercera parte; su tema es el “contraimperio”. El lector de Negri, particularmente quién haya frecuentado La Anomalía Salvaje[3], su libro sobre Spinoza, reconocerá aquí la misma noción que atraviesa toda su obra política: la potentia de la multitudo.La tercera parte está centrada en la forma del trabajo y de la producción; también aquí recordarán los memoriosos al Negri de la autonomía obrera y su trabajo Del obrero masa al obrero social[4]; la tipología de la forma del trabajo y su incidencia en la forma social, ahora, se amplía para dar un lugar al fenómeno de la informatización de la producción. El título de la cuarta parte -Decadencia y caída del imperio - se explica por sí mismo y cierra la obra catastrófica y teleológicamente. El lector atento de Negri recordará también aquí su Marx beyond Marx[5] donde Negri quería completar el método marxiano y los análisis marxianos de la crisis con un momento spinoziano de naturaleza teleológica: “la tendencia”. Para Negri, este momento subjetivo tiene vocación constitutiva de nuevas subjetividades colectivas: se trata de la multitud contra el imperio.

I.- La noción de "imperio": Una estructura política con dinámica ontológica

1.- El prefacio:

Las nociones de imperio y contraimperio son propuestas a partir de dos argumentos centrales adelantados en el prefacio. La estructura del imperio, resultante de la caída de las barreras levantadas por los estados en el siglo XX, supone también cambios en la forma de poder. Los contrapoderes, que surgen de los cambios en la producción, potencian -en el nuevo contexto- la constitución de estructuras alternativas que también podrían tener la forma de un sujeto colectivo: el contraimperio. Tanto el imperio como el contraimperio suponen transformaciones del trabajo y la decadencia de las soberanías estatales. Creo que todo el libro está atravesado por estos argumentos que para mayor claridad podrían reseñarse como sigue.

Primer argumento: para Hard y Negri el imperio es un nuevo sujeto político, un nuevo poder soberano. Esa novedad lo es porque ese poder sustituye a los estados-nación entendidos como los viejos sujetos y poderes soberanos de la modernidad. El argumento tiene tres pasos: i.- la constatación del derrumbe de los regímenes coloniales y del régimen soviético, ii.- supone la caída de las barreras internacionales que esos regímenes habían levantado, iii.- de ello se sigue que el mercado global emergente integra un circuito global de producción, iv.- que estructura un nuevo orden global, una lógica de dominio nueva: el imperio, que es el sujeto político del poder soberano mundial. Este primer argumento de Hard y Negri se desarrolla particularmente en la primera y segunda parte. Su conclusión supone que estructura y sujeto del poder soberano se corresponden. Hard y Negri nunca definen los sujetos por su identidad, ese supuesto nunca se explicita en la obra de Negri. La presencia latente del estructuralismo althusseriano no tiene el mismo grado de reconocimiento metodológico que alcanza la impronta de Deleuze y Guattari. Negri y Hard se declaran posmodernos.

Segundo argumento: mayor desarrollo y similar tratamiento tiene el argumento referido al contrasujeto: la potentia de la multitudo: el contraimperio. “Las fuerzas creativas de la multitud -dicen- que sostienen el imperio, también son capaces de construir autónomamente un contraimperio, una organización política alternativa de los flujos e intercambios globales”. Es de esas fuerzas productivas creativas -que, redefinidas, ocupan el lugar subjetivo del proletariado en Marx- que podría esperarse que surjan las resistencias y alternativasque los autores identifican en la cuarta parte.

Tercer argumento: este argumento no es tercero según derecho ya que Hard y Negri razonan de un modo analógico y no axiomático. Efectivamente, si bien se puede acceder fenomenológicamente a la constatación de los acontecimientos señalados en el primer argumento, también puede accederse específicamente a los fenómenos de transformación del trabajo. Negri y Hard argumentan que la transformación experimentada por el trabajo permite hablar de una producción biopolítica, de un trabajo comunicativo, cooperativo, efectivo, que produce la misma vida social.

Cuarto argumento: no es independiente del primero pero su explicitación es necesaria para poder pensar el imperio como un poder y, extremando las cosas, como un sujeto antagónico a otro sujeto: el contraimperio. Si el derrumbe de los poderes nacionales globales condujese a la anarquía en las relaciones internacionales entre los estados subsistentes no podría hablarse de un imperio y de nuevas categorías para pensar la globalización en curso. Hard y Negri dicen que i.- ya ni siquiera deberíamos concebir los estados-nación más dominantes como autoridades supremas y soberanas, ni fuera de sus fronteras ni dentro de ellas, ii.- pero -argumentan- la decadencia de la soberanía de los estados-nación no implica, sin embargo, que la soberanía como tal haya perdido fuerza, iii.- la soberanía -en cambio- ha adquirido una forma nueva: compuesta por una serie de organismos nacionales y supranacionales unidos en una única lógica de dominio (el imperio).

Hard y Negri también desarrollan argumentaciones paralelas que tienen un carácter crítico aclaratorio que, además, se dirige contra las concepciones políticas heredadas, particularmente las de la izquierda, o contra supuestos y conclusiones de las ciencias sociales contemporáneas que redefine. Es el caso de su definición del imperio que se apoya en la historiografía y análisis político del imperialismo, pero que Negri y Hard consideran como algo completamente diferente. Es algo diferente porque en el imperio: i.- no hay fronteras espaciales que el imperio no pase, ii.- se trata de un orden que suspende la historia, es decir es un orden total que no reconoce una frontera temporal, iii.- crea el mundo que habita: crea la naturaleza humana y la vida social, iv.- aunque esté bañado de sangre tiene como finalidad la paz perpetua y universal.

Un argumento auxiliar, pero en el que se juega la suerte del concepto mismo, deriva de los trabajos de Negri sobre el constitucionalismo clásico y se refiere a la constitución norteamericana como un poder en redes, que no reconoce fronteras o cuyas fronteras siempre están abiertas y en expansión (una expansión que es distinta a la expansión colonial de las naciones-estados imperialistas de Europa). Hard y Negri argumentan que ese poder en redes ahora se verifica a escala global. Este argumento sobre el que recae la mayor parte del esfuerzo de los críticos de la obra de Hard y Negri es bastante simple. La soberanía moderna, dicen, construyó un Leviatán que se expendió por encima de su dominio social e impuso fronteras territoriales jerárquicas, para vigilar la pureza de su identidad y excluir todo lo diferente. Pero, con el ocaso de la soberanía moderna (primer argumento) no hay centro de poder, no hay fronteras fijas, sino un aparato descentralizado y desterritorializador de dominio. En consecuencia, Hard y Negri describen la lógica de dominio del imperio como un manejo de identidades híbridas, de jerarquías flexibles y de intercambios plurales. El sujeto de mando tampoco es una identidad subjetiva, sino esas mismas redes no descriptas como identitarias, sino como adaptables; eso afecta, primero que nada, a la noción jurídica heredada de la soberanía como un orden lógico derivativo de sujetos, normas y procesos. Consecuentemente, el primer paso argumental importante en el libro de Hard y Negri es la construcción de un nuevo concepto jurídico de soberanía, para lo que parten de cuatro autores: Kelsen, Luhmann, Rawls y Schmitt.

2.- Algo más sobre el método de Negri:

Antes de avanzar, es conveniente prevenir al lector que Hard y Negri son conscientes de que su abordaje derrumba fronteras entre las disciplinas. Ellos llaman al suyo un enfoque interdisciplinario, aunque no proporcionan indicaciones metodológicas o epistemológicas acerca de su modelo de relaciones interdisciplinarias. Sólo enumeran las ciencias sociales cuyos enfoques son afectados: la filosofía, la historia, la crítica de la cultura, la economía, la ciencia política y la antropología. Dado que el lector puede verse sorprendido -si no quizás apabullado- por la interdisciplinaridad de Negri vale hacer algunas advertencias preliminares. El metodo de Negri siempre estuvo destinado a relacionar lo heterogéneo: formas de poder y formas de trabajo, fundamentalmente. Pero su método no es dialéctico ya que sus sujetos suelen confundirse con las potencialidades estructurales; por lo que el peso del análisis está puesto en las condiciones estructurales, en la definición de la “etapa” del capitalismo contemporánea a cada trabajo teórico. Su filiación filosófica, sin embargo no es estructuralista sino postestructuralista: el conocimiento de Deleuze es imprescindible para la comprensión de su obra. Desde el libro sobre Spinoza, su trabajo teórico se desarrolla en un plano que él mismo llama ontológico. Pero Negri no trabaja fundamentalmente a partir de textos de la tradición filosófica o literaria como Deleuze, sino de otros textos: los de la filosofía política y jurídica. La estructura de “principios” extraída de esos textos, se “materializa” a partir de cambios en la estructura de producción, que en un sentido muy general podríamos llamar económicos. La emergencia de lo nuevo, de lo diferente, que Deleuze deriva de Nietzsche (el eterno retorno de lo siempre nuevo[6]), Negri la remite a las formas de producción. Lo nuevo social es un producto de la producción. Los nuevos sujetos también. De manera que, como el lector retiene de los argumentos arriba mencionados, Negri, siguiendo a Deleuze, va desplazando maquínica y rizomáticamente su argumentación por planos de inmanencia y la dirige contra todo lo que considera que trasciende ese plano, primero que nada la propia estructura de principios jurídicos existente. De manera que la “interdisciplinariedad” aludida, que a primera vista parece la de un montaje cinematográfico de lo heterogéneo, opera de acuerdo con dos tradiciones bien reconocibles: la de la crítica de la ideología (dirigida contra las formaciones superestructurales: el derecho, por ejemplo) y la de la ontología postestructuralista. Hay un uso ontológico de la inversión “ideológica”. La cuestión de los sujetos es resuelta desde esta última lectura: ontológicamente (ya en su libro sobre Spinoza sigue ese movimiento de lo trascendente a lo inmanente: de los atributos divinos a los modos y pasiones en su inmanencia).

3.- Construcción Iusfilosófica del concepto de "imperio":

Hard y Negri trabajan a partir de un cuadrado de relaciones conceptuales construido a partir de cuatro pensamientos que apuntan al derecho internacional, la justicia, los sistemas sociales, su equilibrio y excepcionalidad. Me refiero a Kelsen, Rawls, Luhmann y Schmitt. La constitución política del presente no puede ser pensada sino mediante el conocimiento de esos autores que Hard y Negri oponen a la concepción del realismo en materia de relaciones internacionales (Walzer). Según esa última concepción el concierto internacional es un producto del equilibrio de fuerzas estatales en condiciones de anarquía (de no sometimiento a un poder central único). Hard y Negri no argumentan contra esa forma de realismo, parecen en cambio suponer que de puras fuerzas estatales no debiera resultar equilibrio alguno, sino una anarquía efectiva. El supuesto epistemológico del realismo, en cambio, no se verifica de acuerdo con lo que llamé el “argumento auxiliar” de Hard y Negri que razonan como sigue:

Kelsen advirtió desde una época temprana (en la época de la Sociedad de las Naciones) que hay una primacía del derecho nacional sobre los derechos nacionales. Además, a partir de la existencia de la ONU, hay una base real de efectividad para el esquema trascendental de validez del derecho situado sobre el estado-nación. Para Hard y Negri la concepción kelseniana se ajusta correctamente al estado de cosas que, en cambio, distorsionan tanto la interpretación hobbesiana de las relaciones internacionales (que tiene bases “materialistas” semejantes a la concepción de Walzer) que proyecta un acuerdo contractual de seguridad global entre sujetos-estado preexistentes, como la interpretación lockeana que concibe el proceso de constitución de la sociedad civil global como una proyección algo más descentralizada y pluralista de los poderes de los estados nacionales pensados como contrapoderes que sustentan el poder supranacional.

Luhmann y Rawls con sus respectivas concepciones de la sociedad como sistema y de la legitimidad pensada como una justicia de indiferencia (que no hace diferencias entre sujetos en razón de su posición social, género, y otras diferencias) proporcionan el modelo de la autoridad imperial que funciona como un sistema y no delimita identidades al modo de los sistemas jurídicos nacionales. La red en cuestión puede pensarse, entonces, como un sistema cuya jerarquía de normas se funda en procesos de administración de la paz, como procesos de producción de legitimidad. El movimiento preconstituído que define el nuevo paradigma se concibe como un “desarrollo del sistema global (y del derecho imperial en primer lugar) -que- parece ser el desarrollo de una máquina que impone procedimientos de acuerdo continuos que conducen a equilibrios sistemáticos, una máquina que crea un continuo requerimiento de autoridad”[7].

Schmitt es quién proporciona, finalmente, el principio de estabilidad-inestabilidad del sistema jurídico internacional, que de acuerdo con Kelsen puede ser pensado fundamentalmente como un orden sancionatorio siempre ya constituído y que con Luhmann y Rawls encuentra principios sistémicos de autoregulación. Es de la inversión de las relaciones del realismo en materia de relaciones internacionales (Walzer) de donde Hard y Negri extraen su mayor fuerza argumentativa. Ellos nos invitan a abandonar las analogías nacionales al pensar el sistema internacional, invirtiendo las analogías entre los sistemas clásicos: identitario el nacional, disperso el internacional. Se trata de que los sistemas nacionales sean concebidos a partir de la analogía con el sistema internacional. Ambos sistemas, entonces, son concebidos como una red jerárquico-sistémica de aplicación y creación de normas justas (Kelsen, Luhmann y Rawls), pero en condiciones de excepcionalidad (Schmitt). De manera que las condiciones de anarquía se resuelven en la forma de una creación permanente del sistema como un sistema nunca establecido (excepcional).

“La función de excepción -dicen[8]- es muy importante. Para poder controlar y dominar una situación tan completamente fluida, es necesario conceder a la autoridad interviniente la capacidad de definir, en cada ocasión de manera excepcional, las demandas de intervención y la capacidad de poner en marcha las fuerzas y los instrumentos que puedan aplicarse de diferentes maneras a la diversidad y pluralidad de los acuerdos que estén en crisis”. Esto define al derecho internacional como un derecho de policía. Pero son los valores universales -no hay que olvidarse de eso- los que sustentan la intervención. Por eso, dicen, nuestro poder y nuestra impotencia se miden allí, ya que dada la excepcionalidad del sistema, “no debemos esperar que la complejidad de los procesos que construyen la nueva relación de derecho imperial se resuelva”[9].

4.- El plano de la inmanencia:

Lo que llamé el tercer argumento está referido a lo que Hard y Negri llaman la biopolítica, la “condición material” que se corresponde a la “génesis ideal” del imperio, que antecede. El capítulo segundo, que así plantea las cosas, nos introduce directamente en el problema de los dualismos de Negri y la cuestión de la inmanencia. La impronta de Foucault y de Deleuze y Guattari es explícita; en ese mismo capítulo Hard y Negri recurren también a Escoto,Dante, Occam y Marsilio de Padua, para definir de un modo nominalista el poder de la república. La perspectiva de un fin sin fines también está presente. Quiero destacar ahora que es inútil intentar la lectura de Imperio sin detenerse en los problemas filosóficos que plantea el nominalismo moderno, particularmente cuando -como es el caso de Hard y Negri- ese nominalismo insiste en un tratamiento “ontológico” de los problemas “políticos” y no renuncia ni a las síntesis ideales a priori -como en el caso de la “genesis ideal” a la que arriba hice referencia, ni a un cierto teleologismo catastrófico en los análisis, como se verá más abajo.

Veamos como conciben Hard y Negri el problema, al que dedican bastantes páginas y al que vuelven cada vez que dan un nuevo giro a su argumento. Foucault concibió la sociedad posmoderna como una sociedad de control inmanente, dicen Hard y Negri[10]. Los mecanismos de dominio -añaden- se vuelven más “democráticos”, aún más inmanentes al campo social, y se distribuyen completamente por los cerebros y los cuerpos de los ciudadanos. El biopoder es una forma de administración de la vida, de su producción y su reproducción. El poder se expresa como un control que se hunde en las profundidades de las conciencias y los cuerpos y penetra la totalidad de las relaciones sociales. Pero lo que Foucault construyó implícitamente (y Deleuze y Guattari explícitamente) dicen, “es la paradoja de un poder que, mientras unifica e incorpora en sí mismo todos los elementos de la vida social (y, por lo tanto, pierde la capacidad de mediar efectivamente entre las diferentes fuerzas sociales), revela al mismo tiempo un nuevo contexto, un ámbito de máxima pluralidad e incontenible singularización: el ámbito del acontecimiento”[11]. Hard y Negri son de la idea que Foucault nunca abandonó un análisis funcionalista del horizonte biopolítico de la sociedad y a pesar de definirla como un campo de inmanencia habría sacrificado la dinámica del sistema, su temporalidad creativa y la sustancialidad ontológica de la reproducción social. En cambio “Deleuze y Guattari nos presentan un enfoque del biopoder propiamente postestructuralista…desmitifican el estructuralismo y todas las concepciones filosóficas, sociológicas y políticas que hacen de la rigidez del marco epistemológico un punto de referencia ineludible. Dirigen nuestra atención a la sustancia ontológica de la producción social. Las máquinas producen. El funcionamiento constante de las máquinas sociales en sus diversos aparatos y montajes produce el mundo a través de la producción de los sujetos y los objetos que lo constituyen (…) No obstante, Deleuze y Guattari descubren la productividad de la reproducción social (…) pero terminan articulándolos solo de un modo superficial y efímero, como un horizonte caótico, indeterminado, caracterizado por un acontecimiento inasible”[12].

El nominalismo y la inmanencia en Foucault son, por cierto, rigurosos, es difícil concebir a partir de Foucault una “génesis ideal”, pero también una productividad “ontológica” inmanente que vaya más allá del caos al que aluden Deleuze y Guattari. La construcción conceptual de Hard y Negri necesita de dos polos, uno genético y otro “regulativo”, los que, sin embargo, quieren inmanentes. El giro del argumento ahora se vuelca a la “necesidad” de complementar la ontología con una teoría política del valor que registre al mismo tiempo las dimensiones comunicativas de la producción contemporánea, todo orientado a definir una nueva teoría de la subjetividad maquínica: “La constitución del imperio no se está elaborando sobre la base de ningún mecanismo contractual o sustentando en tratados ni a partir de ninguna fuerza federativa -dicen retomando el argumento de la “génesis ideal”. La fuerza de la normatividad imperial nace de una nueva máquina, una nueva máquina económica, industrial y comunicativa, en suma, una máquina biopolítica globalizada”[13]. Lo lingüístico y lo inmanente de la máquina ontológica son compatibles dado que la lógica del imperio sería más rizomática y ondulatoria que deductiva o inductiva y el manejo de las secuencias lingüísticas sería un manejo de secuencias maquinales de denotación e innovación, coloquial e irreductible. Ese manejo de carácter absoluto completa la total inmanencia de la maquinaria ontológica de producción y reproducción. La norma fundamental del sistema estaría entonces, no en un principio constitucional de orden jurídico, sino en las profundidades de la máquina, en el corazón mismo de la producción.

II.- La cuestión del sujeto

La cuestión de la inmanencia siempre aparece en la obra de Negri a partir de los textos de la tradición filosófica criticados por su trascendentalismo. Hay dos movimientos implicados en su tratamiento de esos textos. Un primer movimiento de crítica nominalista de los textos y un segundo movimiento de afirmación ontológica de los horizontes de inmanencia, referidos a lo “real material” y no a los textos mismos. La cuestión de la sustentación nominalista de una ontología inmanente y sus condiciones de posibilidad nunca es tratada. Si estoy en lo cierto, mi selección del análisis de Hard y Negri de la cuestión del sujeto, precedida de sus referencias a Escoto,Dante, Occam y Marsilio de Padua y, naturalmente, Spinoza, dejará abierta la duda acerca de si la radicalidad de su nominalismo crítico tiene como correlato un igualmente radical nominalismo constructivo; o si, por el contrario, la teleología implicada en la ontología supuesta no tiene la misma filiación crítica.

Hard y Negri otorgan un carácter revolucionario al acontecimiento del “descubrimiento” del plano de la inmanencia, el acontecimiento principal de la modernidad: la afirmación de los poderes de este mundo. Nos recuerdan que “al llegar a Spinoza, el horizonte de la inmanencia y el horizonte del orden político democrático coinciden completamente. El plano de la inmanencia es el único -dicen- en el cual se materializan los poderes de la singularidad y el único en el que se determina histórica, técnica y políticamente la verdad de la nueva humanidad. Por este simple hecho, porque no puede haber ninguna mediación externa, lo singular se presenta como multitud”[14]. El Omne ens habet aliquod esse proprium de Duns Scoto, la atribución de totam potentiam intellectus possiblis de Dante Alighieri y el republicanismo de Guillermo de Occam -Ecclesia est multitudo fidelium- y de Marsilio de Padua (el poder de la república y de sus leyes no deriva de principios superiores sino de la reunión de los ciudadanos), expresan ese acontecimiento. Claramente están haciendo referencia a una negación de trascendencia religiosa a la que más oscuramente analogan la negación de la toda trascendencia a la ley positiva (al menos a la derivada de “principios”. Siempre el mismo movimiento de “inversión” crítica a partir de los textos y una conclusión ontológica: la multitudo como un “principio” productivo inmanente de legitimación.

1.- El “Intermezzo”

La cuestión del valor, el nomadismo -la impronta deleuziana- y la referencia “invertida” a la teología articulan el pasaje de la conceptualización del imperio a la cuestión de su sujeto antagónico, el contraimperio. Puede resultar redundante volver, entonces, a la cuestión de la inmanencia, y probablemente posiblemente lo es, pero creo que es en el Intermezzo donde mejor se ve el carácter metafórico del complejo montaje en que consiste la obra. En el Intermezzoprevalece la “tendencia”, el carácter “regulativo” o aún normativo del montaje teórico de Hard y Negri.

Las subjetividades políticas que podrían oponerse a las fuerzas del imperio y derrocarlas sólo pueden salir del terreno de la productividad, habían sostenido y repiten Hard y Negri. ¿Cual es la tendencia que tiene a ese terreno por antecedente inmediato? Constatan que Deleuze y Guattari en lugar de resistir la globalización del capital, están dispuestos a seguir su camino dedecodificación y desterritorialización. Los autores de imperio, en cambio, no están dispuestos a seguir ese camino. ¿Cómo pensar la globalización entonces? La imagen del pasado es el recurso: San Agustín, la ciudad divina, el recuerdo de otro imperio y su caída mediante su transformación en su contrario, el imperio cristiano regulado por la idea agustiniana de la ciudad divina: ¿metáfora o alegoría? En todo caso en la articulación del Intermezzo se pierde el carácter constructivo del análisis al nivel de la “génesis ideal” y con ello también una referencia directa al orden de cosas existentes. Excepto por una cosa: la cuestión del valor concebida en términos autonomistas y su aplicación en condiciones de globalización. En el pensamiento de Marx -dicen Hard y Negri- la relación exterior-interior del desarrollo capitalista está determinada por la posición dual del proletariado, tanto fuera como dentro del capital mismo. Y aquí, la “tendencia” en la forma de “sueño”, como tendencia desviada, como política errónea: el sueño de la afirmación del valor de uso separado del valor de intercambio y de las relaciones capitalistas[15]. Pero ahora, la cuestión del adentro y el afuera es más radical ya que el interior definido como valor de uso y el exterior definido como valor de cambio ya no se encuentran en ninguna parte. Por lo tanto, no es posible una política basada en el valor, en el sentido de que se base en la distinción entre las formas del valor. No hay, podría decirse, retornos románticos, ni posibilidad de simplificar la vida ya que las nuevas formas de producción no tienen ningún lugar porque ocupan todos los lugares. La globalización que instala el no lugar de las relaciones posmodernas de producciónse abre a la creatividad humana. En oposición al imperio y sin ninguna homología con él, vuelve a aparecer el formalismo revolucionario, en la forma de un puro formalismo. Pero, ese formalismo tiene, una potencialidad: un cerebro, un corazón, un torso y miembros. ¿Se trata nuevamente de retórica?

2.- La cuarta parte

La cuarta parte vuelve sobre ciertos temas deleuzianos, como el nomadismo, la deserción y el éxodo como formas de lucha. Hard y Negri radicalizan la potencialidad de esos conceptos. El “estar en contra” es la actitud, la forma, el concepto del modo de ser de los nuevos bárbaros que van más allá de la deconstrucción y de las cuestiones de género. La imagen del viejo imperio se vuelve a imponer. Además de cambiar desde su propia crisis en su totalmente otro (el imperio cristiano), el imperio romano fue asolado por los bárbaros que él mismo produjo en tanto que guerreros del propio imperio. La cuarta parte vuelve a afirmar el imperio como decadencia, crisis y caída. Las condiciones estructurales de la crisis se imponen. No es relevante el carácter bárbaro de los nuevos bárbaros, ellos son la esperanza que no depende de ellos mismos, sino de su forma en la estructura: “están en contra”. Esta afirmación no se compadece con ningún atomismo social o análisis estratégico. El imperio, como un no lugar, supone la superación de todo sujeto anterior a lo social o presocial concebido a la manera de la filosofía política (de Hobbes a Hume). Esto es una consecuencia de que el imperio impone un tipo de socialización trascendental. No hay manera de no ser socializado en el imperio: como es un no lugar, nada queda fuera. La ficción trascendental de la política -dicen- ya no se sostiene y carece de utilidad argumentativa y la filosofía política debe entrar en el terreno de la ontología. La política, entonces, se vuelve el lugar de lo inconmensurable ya que se da en un plano de pura inmanencia. Hard y Negri van mucho más allá de donde había llegado el estructuralismo, ya que afirman que no existe nada fuera de la estructura, ninguna máquina lógica externa constituyente. Ya no se trata de la exterioridad del sujeto a la estructura. En el no lugar del imperio el único sujeto es una instancia maquínica profunda de la estructura misma. Lo virtual, más allá de toda medida, opera por el nomadismo y el mestizaje. El no lugar cancela también el “antes” y el “por consiguiente” de las relaciones de causalidad: el mestizaje es producto de las redes que vienen a sustituir a las identidades nacionales, también es la potencialidad operante. En fin, no hay mucho nuevo en la cuarta parte, más allá de una cierta idealización de las formas de lucha del tercer mundo, proyectadas esquemáticamente; constituidas trascendentalmente por el viejo imperialismo, trascendiendo las categorías de la “liberación nacional” precluídas en esta etapa imperial, son reconstituidas bajo categorías nómades. Esta es una cuestión de “gusto” de los autores que no justifican según concepto. Después de haber realizado la génesis ideal del concepto de imperio negando su carácter metafórico y a partir de las notas más innovadoras de la nueva situación productiva, colocan su esperanza fuera de esas potencialidades de la estructura a la que parecen otorgar sólo un papel reproductivo y generador de la crisis.El discernimiento acerca de las “subjetividades” políticas del cambio queda planteado en un plano de imposibilidad, el de la absoluta inmanencia del no lugar al que sólo parecerían -aunque inconsecuentemente- ser extraños los nuevos bárbaros ¿por su exterioridad trascendente? Los nuevos bárbaros, los mestizos del tercer mundo interno o externo a las grandes metrópolis capitalistas, no importa si modernos como en la etapa de las liberaciones nacionales o antimodernos como en el caso de los fundamentalistas religiosos, son el residuo, lo que está en los márgenes del no lugar, si es que es posible tal cosa. El “estar en” y el “estar en contra” parecen jugar una mala pasada a los autores que remite las discusiones sobre los “agentes” del cambio al plano de lo exterior indiscernible que igualmente se quiere contiguo e inmanente. El dualismo estructuralista parece que volviera por sus fueros con la exterioridad de quienes “están en contra”, al mismo tiempo constituidos trascendentalmente desde un no lugar. En los márgenes del esquema habría un lugar para la misma estrategia de cambio del estructuralismo: un sujeto exterior a la estructura que actúa sobre ella, en este caso sobre su propia máquina profunda de producción para provocar el aceleramiento de su crisis, la catástrofe de un mundo. En el marco del imperio global la identidad de la multitudo parece confundirse con lo tumultuoso, de cualquier origen. La extrapolación del esquema fundado en la crisis económica y la potencialidad de lo político colectivo, que resulta tan atractivo en los trabajos de Negri sobre las repúblicas italianas y la democracia holandesa de la época de Spinoza, parece aplicable sólo metafóricamente al imperio. Es difícil traducir en términos operativos o análisis empíricos el concepto teórico de imperio una vez ontologizado tal como Hard y Negri lo quieren.

III.- Acerca de pasajes y transiciones

La tensión entre el polo intensivo de la linealidad inmanentista y maquínica con los paradigmas heredados del marxismo estructuralista y sus dualismos de sujeto-estructura y estructura-superestructura tiene su modelo en el Intermezzo, como vimos. En la Segunda parte referida a pasajes y transiciones se colorea ese modelo sin que los detalles de la transición de una a otra etapa modifiquen el esquema de transición arriba referido. Entrar en detalle excedería el propósito de este análisis. Algo parecido sucede con la tercera parte: Los pasajes de la producción. Sólo quienes estén interesados en los matices diferenciales del análisis de la forma del trabajo en el período del imperio encontrarán cuestiones parciales que escapen al esquema arriba diseñado que cae bajo la categoría central de la “tendencia”, el “conato”, el momento spinoziano que prevalece en el análisis, como un momento subjetivo cuya potencia pudiera configurar efectivamente la totalidad. Este momento también recordará a los memoriosos las cartas estéticas de Negri[16] y nos plantea una pregunta acerca de la inversión de la relación entre arte y política. ¿No será que la política de Negri es una estética posmoderna radical de lo sublime como catástrofe y tensión extremas?Pero, además aquí hay otro problema para Hard y Negri. Si lo posmoderno es lo moderno radical, en su máxima tensión, y no una nostalgia sin tiempo ni “sentido”, entonces todo el trabajo sucesivo de la obra de Negri puede ser analizado como una cierta teoría de la modernización, que ahora parece cancelada en virtud de la indiscernibilidad de los agentes: ¿Modernos, posmodernos, premodernos?

IV.- Otras cuestiones

Directamente relacionado con esas preguntas está el desarrollo y discusión de otras cuestiones que plantea la obra. A mi juicio las principales son:

1.- tesis ligadas al estado nación
2.- tesis ligadas a la modernización
3.- tesis ligadas a la lógica del imperio como paz
4.- tesis sobre la reapropiación

Las tres tesis sobre el estado-nación son coextensivas con su definición de imperio, solo extraen consecuencias adjetivas de carácter político de esa definición. No son pocas las fuerzas políticas o análisis críticos contrarios a la globalización que se fundan en la ilusión de que el estado continúa siendo el agente de la liberación o la justicia social y que su lógica puede escapar a la del imperio tal como fue definido en su génesis ideal. El nacionalismo o las políticas de planeamiento escaparían, de acuerdo con los teóricos y los políticos del estado-nación a las tendencias de la globalización que no serían inexorables. Pero para Hard y Negri, bajo la lógica estructural del imperio, las políticas nacionalistas serían reaccionarias, envenenarían la esfera de lo social o llevarían implícita su derrota. Estas consecuencias de su concepción del imperio, dan forma de tesis a la ruptura autonomista con el programa de las izquierdas de estado. Estas tesis están destinadas a revivir los debates de comienzos del siglo XX acerca del estado y están bien fundadas empíricamente, en análisis y argumentación histórico política controlable.

1.1.- El estado nación su carácter reaccionario[17]: Hard y Negri constatan que “desde la conversión de la izquierda jacobina en una izquierda nacional, operada en el siglo XIX, pasando por la tendencia cada vez mayor de la Segunda y Tercera Internacionales a adoptar programas nacionalistas y por las formas nacionales de las luchas de liberación del mundo colonial y poscolonial, hasta la resistencia actual de las naciones a los procesos de globalización y las catástrofes que ésta provoca, todo parece justificar la idea de que el estado-nación proporciona una nueva dinámica más allá del desastre histórico y conceptual del estado soberano-moderno. Nosotros, tenemos, sin embargo, una perspectiva diferente de la función de la nación y nuestra opinión es que la crisis de la modernidad continúa abierta bajo el gobierno de la nación y su pueblo”. La forma estado-nación “cayó en una serie de barbarismos”. “El concepto de nación y las prácticas del nacionalismo emprendieron desde el comienzo el camino, no de la república, sino de la “res-total”, la cosa total, esto es, la absoluta codificación totalitaria de la vida social”.

1.2.- El regalo envenenado de la liberación nacional[18]: “El nacionalismo subalterno cumplió importantes funciones progresistas. En muchos grupos subordinados, la nación hizo las veces de arma defensiva destinada a proteger al grupo contra la dominación externa y, a la vez, de signo de la unidad, la autonomía y el poder de la comunidad” -dicen Hard y Negri- “Sin embargo, las funciones progresistas de la soberanía nacional siempre se complementan con poderosas estructuras de dominación interna” -agregan- “En realidad, la ecuación “nacionalismo igual a modernización política y económica”, proclamada por los líderes de numerosas luchas anticoloniales y antiimperialistas, desde Gandhi y Ho Chi Minh a Nelson Mandela, termina siendo un perverso engaño. Esta ecuación sirve para movilizar las fuerzas populares y para galvanizar un movimiento social, pero, ¿adonde conduce el movimiento y a qué intereses beneficia? La revolución se entrega, atada de pies y manos a la nueva burguesía…octubre nunca llega” y concluyen con una lógica de hierro: “el eslabón final que explica la necesaria subordinación del estado-nación poscolonial es, sin embargo, el orden global del capital. La jerarquía capitalista global que subordina los estados-nación formalmente soberanos dentro de su orden es fundamentalmente diferente de los circuitos coloniales e imperialistas de dominación internacional”. La reseña se explica por sí misma.

1.3.- El desarrollo y la caída del estado benefactor[19]: Aunque separado por muchas páginas, el tratamiento del estado desarrollista es semejante al que Hard y Negri otorgan a los nacionalismos emergentes. “Las críticas de la visión desarrollista -dicen- propuestas por las teorías del subdesarrollo y de la dependencia, nacidas fundamentalmente en la década de 1960 en los contextos latinoamericano y africano, fueron útiles e importantes precisamente porque destacaban el hecho de que la evolución de un sistema económico regional o nacional depende en gran medida del lugar que ocupe ese sistema dentro de la jerarquía y las estructuras de poder del sistema mundial capitalista”. Pero, la inclinación desarrollista por el aislamiento y el desarrollo separado, imitando el desarrollo de los países dominantes en el siglo XIX es contrafáctica, ya que no tiene en cuenta las condiciones de desarrollo del mercado mundial a partir de la segunda mitad del siglo XX. La lógica de Hard y Negri es impecable: “la creciente imposición del mercado mundial debería destruir la creencia de que un país o región puede aislarse o desvincularse de las redes globales de poder a fin de crear las condiciones para su desarrollo, tal como lo hicieron los países capitalistas dominantes”. A lo que agregan: “incluso los países dominantes son ahora dependientes del sistema global; los intercambios del mercado mundial han producido una desarticulación generalizada de todas las economías. Más aún, cualquier intento de aislamiento o separación sólo significará un modo más brutal de dominación del sistema global, una reducción a la debilidad y a la pobreza.”

Las tres tesis sobre el estado-nación constatan hechos. Su constatación instaura la sospecha e invierte la ideología moderna del estado-nación. Pertenecen a un momento que podríamos llamar destructivo del libro, destinado a preparar la definición del imperio, destruyendo los conceptos y las políticas rivales que son inviables y por ello mismo, en última instancia, reaccionarios. Las tesis acerca de la modernización, en cambio, son más un presupuesto filosófico que empírico, dependen casi inmediatamente de la filiación posmoderna de los autores y están destinadas a reforzar su definición del imperio. Pero, a diferencia de las anteriores no hay nada en la génesis ideal del poder global en redes que haga suponer que los grupos sociales que integran la red global deban haber alcanzado el mismo grado de modernidad en el sentido de racionalidad de la acción. Sin embargo las fuerzas de racionalización del mercado y de la juridicidad se mantienen y no parece suficiente la sagaz observación de Hard y Negri acerca de la forma de legitimación del imperio como una forma mixta para pensar que esa legitimidad esté fundada sólo en la decisión en condiciones de excepción (Schmitt), en el “acontecimiento” y el “carisma”[20] y que con ello se anulen las fuerzas racionalizadoras de lo moderno (Kelsen, Luhmann y Rawls). Nada indica que el estado de anarquía en las relaciones internacionales sea tan importante como para que sea la decisión (el acontecimiento, el carisma) la que siempre se imponga sobre las instituciones. Aún el realismo (Walzer) infiere el equilibrio en el estado de anarquía internacional. Si se pone el énfasis en lo jerárquico, en las redes institucionales nacional-institucionales, como hacen Hard y Negri parece que debiera ser una cuestión disputada cual sea el origen de la legitimidad en el orden global. Este es el lugar teórico donde se podría hacer un análisis de las concepciones antagónicas de lo posmoderno -como modernidad radical y antimodernidad- que Negri intuye en sus cartas estéticas. Aunque no es éste el lugar para hacer ese análisis, sí es el punto donde las tesis del libro de Hard y Negri encierran una aporía que puede ser explorada. Las dos tesis aisladas aquí dirían aporéticamente que la modernización ha llegado a su fin y que la modernización está inacabada. La posmodernidad aparecería, entonces afirmada conjuntamente en sus dos formas antagónicas: como modernidad radical y como nostalgia premoderna.

2.1.- La modernización ha llegado a su fin[21]:Es interesante observar que cuando se refieren a la informatización de la producción, Hard y Negri afirman que la modernización ha llegado a su fin. Lo hacen desde una perspectiva exclusivamente economicista y estructural. Casi no hacen referencia al aspecto subjetivo de la modernización. Sólo una referencia a Musil y la falta de destrezas subjetivas para afrontar el pasaje de la agricultura a la fábrica moderna y la posibilidad actual de pensar estrategias de tránsito de las destrezas subjetivas del maquinismo en un contexto de producción informatizada. Por otro lado cuando hacen referencia a la modernización lo hacen de una forma puramente economicista, asimilándola a las cadenas del desarrollo. En realidad la referencia es a la falta de necesidad de completar las cadenas industriales y la integración de los sectores de la producción para entrar en la etapa informatizada, posmoderna. Argumentan a partir del caso italiano. El argumento de Hard y Negri dará lugar a mucha polémica. Efectivamente el caso italiano ha sido tratado siempre como un caso de excepcionalidad económica, pocos serán los que estén dispuestos a seguir a los autores en esa generalización empírica. Pero, sobretodo, su análisis es sólo estructural, no hace referencia alguna a la cultura, ni a la subjetividad individual. El propio Musil citado por Hard y Negri centraba su análisis en el hombre y sus atributos. La tesis de Hard y Negri, en su aspecto constructivo del concepto de imperio no necesitaría de esta tesis tan poco convincente sobre la modernización. Lo que la hace relevante, en cambio, es nuevamente su lado subjetivo: los nuevos bárbaros tienen que tener un lugar teórico para su aparición. En la concepción de Hard y Negri su subjetividad individual, su forma de cultura, no es relevante.

2.2.- El fundamentalismo y el posmodernismo[22] : Eso, o el capricho, explican las páginas acerca del fundamentalismo que quizás son las más contradictorias con la definición dada de imperio y con la crítica arriba reseñada de los movimientos “modernos” de liberación nacional y las teorías “modernas” del estado desarrollista. Para Hard y Negri, “fundamentalismo” es “una categoría pobre y confusa que agrupa una serie de fenómenos en alto grado dispares, vinculados por el modo en que se los percibe: son movimientos antimodernistas, resurgimiento de identidades y valores primordiales”. “No obstante -dicen-, es más exacto y resulta más provechoso entender los diversos fundamentalismos no como la recreación de un mundo premoderno, sino, antes bien, como un enérgico repudio a la transición histórica que está en marcha. Esto vale para todos los fundamentalismos, occidentales y del oriente. En este sentido, como las teorías posmodernas y poscolonialistas, los fundamentalismos también son síntoma del tránsito al imperio”. Particularmente en cuanto al fundamentalismo islámico, dicen que lo que lo une de manera mas coherente “es el hecho de oponerse resueltamente a la modernidad y la modernización. En la medida en que la modernización cultural y política constituyó un proceso de secularización, los fundamentalismos islámicos se oponen a ella…también en los roles de género, a las estructuras familiares y a las formas culturales se establece una norma religiosa tradicional, inmutable, con la que comunmente se procura desafiar las formas seculares progresivamente cambiantes”. Pero, de acuerdo con Hard y Negri, “no deberíamos entender las formas actuales del fundamentalismo islámico como un retorno a formas y valores sociales pasados, ni siquiera en la perspectiva de quienes lo practican”, el “retorno fundamentalista a la tradición es realmente una nueva invención”. “El impulso antimoderno que define a los fundamentalismos podría pues comprenderse mejor no como un proyecto premoderno, sino como un proyecto posmoderno. La posmodernidad del fundamentalismo debe reconocerse ante todo por su repudio a la modernidad como un arma de la hegemonía estadounidense y, en este sentido, el fundamentalismo islámico es en realidad el caso paradigmático”. “En esta perspectiva, pues, en la medida en que la revolución iraní constituyó un enérgico rechazo al mercado mundial, podríamos concebirla como la primera revolución posmoderna”. Los perdedores del proceso de globalización podrían ser en realidad quienes nos den la indicación más potente de la transformación que está en marcha”. Lo que se critica respecto del autarquismo desarrollista moderno es la virtud de las revoluciones posmodernas. Francamente paradójico.

Más allá de la regresión posmoderna a lo premoderno más radical[23] encontramos dos tesis modernamente radicales sobre las que quiero hacer algunas referencias. Hay dos tesis que son la consecuencia lógico-jurídica de la afirmación ética del imperio como paz: la ciudadanía global y el derecho a un salario social, que debemos entender como globalmente legítimo. Son evidentes las tendencias empíricas en este sentido, aún en un momento en que se refuerzan las fronteras y el neoliberalismo parece triunfante. De un modo u otro hay un salario social mundial, aunque muy bajo y también existe una ciudadanía global, aunque muy restringida. Su ampliación es del orden de los fenómenos modernos de racionalización. Es muy probable que las mismas tendencias de manejo de las crisis nacionales se establezcan a un nivel mundial. En este plano vuelven a manifestarse los problemas pragmáticos del nacionalismo que no reclama el primero de esos derechos y sujeta el segundo a su administración por el estado-nación. Sólo con esto bastaría para dividir las aguas en materia de progresividad o conservadurismo a escala global. Ahora bien, el giro filosóficamente constitutivo que construyen Hard y Negri sobre esas dos tendencias y zonas de conflicto es notable.

3.1.- El derecho a la ciudadanía global[24]: La multitud se constituye en dos dimensiones, espacial y temporal. Pero no son dos dimensiones esquemáticas sino pasionales. Es el antagonismo del movimiento de la multitud lo define su potencia. Para Hard y Negri, la constitución de la multitud se manifiesta en primer lugar como un movimiento espacial que la distribuye en un espacio ilimitado. “¿Cómo podemos reconocer (y revelar) una tendencia política constituyente dentro y más allá de la espontaneidad de los movimientos de la multitud?” se preguntan. Encuentran un síntoma del lado del imperio y sus actividades represivas: el imperio debe restringir y aislar los movimientos espaciales de la multitud para impedirles que obtengan legitimidad política. Las prácticas de resistencia a esos límites definen a su juicio el proyecto político de la multitud. Un primer elemento de un programa político en favor de la multitud global, una primera demanda política: la ciudadanía global. El derecho general a controlar sus propios movimientos es la demanda última de la multitud por una ciudadanía global.

3.2.- El derecho a un salario social[25]: La constitución de la multitud se manifiesta en segundo lugar en una dimensión temporal. La concepción del salario social de Hard y Negri se aparta de las tendencias jurídicas asistencialistas para adquirir un sentido constitutivo que parte primero de una redefinición del tiempo, como constitución colectiva (no como experiencia individual trascendental). “A través de la cooperación, de la existencia colectiva y las redes comunicativas que se constituyen y reconstituyen en el seno de la multitud, el tiempo vuelve a ubicarse en el plano de la inmanencia”, dicen. “No es algo dado a priori, antes bien, es la actividad de la multitud la que constituye un tiempo que está más allá de toda medida. El tiempo podría definirse entonces como la inconmensurabilidad del movimiento entre un antes y un después, un proceso inmanente de constitución. El nuevo proletariado constituido abarca a la totalidad de la multitud cooperativa, en la esfera biopolítica. En las condiciones del imperio, la producción y reproducción de la vida social misma son el fundamento del salario y no el trabajo. El salario social es concebido más allá de sí mismo, ni como un derecho individual, ni como un salario familiar. “El salario social se extiende mucho más allá del ámbito de la familia a la multitud”. El salario social, como control del tiempo por la multitud y la ciudadanía global, como control del espacio por la multitud se oponen entonces a la necesidad y a las barreras nacionales, como controles del tiempo por el capital. Esta concepción fascinante pasa por arriba de los mezquinos intereses de los trabajadores organizados en niveles nacionales o regionales y la constitución de sociedades civiles cerradas que se sienten amenazadas por los movimientos de los migrantes. En su fascinación se muestra un poco unilateral, no deja espacio alguno a las trascendencias constituidas como instituciones y derechos ya conquistados. Todo está a favor del movimiento y la catástrofe, sólo rescatado por una finalidad también última que se hunde en el deseo más moderno: la reapropiación. La cuestión de la reapropiación incluye a los autores en la tradición filosófica y política de la modernidad.

4.- El telos: el derecho a la reapropiación[26]: Para Hard y Negri, la cuestión de la reapropiación es, en verdad, cómo puede el cuerpo de la multitud configurarse como un telos. El primer aspecto del telos tiene que ver con los sentidos del lenguaje y la comunicación (Habermas). Hard y Negri se preguntan ¿cómo podemos descubrir y dirigir las líneas performativas de los conjuntos lingüísticos y de las redes comunicativas que crean la urdimbre de la vida y la producción? La respuesta más o menos obvia es que el conocimiento tiene que transformarse en acción lingüística y la filosofía en una reapropiación real del conocimiento. Un primer aspecto del telos se presenta, entonces, en la lucha de la multitud. Otro aspecto, el maquínico permite que lo que se construyó en el plano del lenguaje se transforme en una progresión corporal de deseo en libertad. “La hibridación del ser humano y la máquina ya no es un proceso que tiene lugar únicamente en los márgenes de la sociedad, antes bien es un episodio fundamental que ocurre en el centro de la constitución de la multitud y su poder”, dicen. Estas dimensiones tienen una tradición moderna, el derecho de reapropiación es fundamentalmente el derecho de reapropiación de los medios de producción.“Pero -redefinen-, en el contexto de la producción inmaterial y biopolítica, esta demanda tradicional adquiere una nueva apariencia. La multitud no sólo emplea las máquinas para producir, también se vuelve máquina ella misma, a medida que los medios de producción se integran cada vez más en las mentes y los cuerpos de los trabajadores. En este contexto, la reapropiación significa tener libre acceso al conocimiento, a la información, a la comunicación y a los afectos y poder controlarlos, porque éstos son algunos de los medios esenciales para la producción biopolítica El derecho a la reapropiación es en realidad el derecho que tiene la multitud al autocontrol y a la autoproducción autónoma”. La redefinición del telos se adecua a las condiciones del imperio, pero abolida la dialéctica, por parte de Hard y Negri, el programa parece al menos algo indiscernible, sujeto a los movimientos más caóticos. ¿Porqué esperar de lo puramente maquínico catastrófico la realización de la mayor autonomía? ¿Se trata de una nueva fe milenarista?

[1] Hard, M. y Negri, A. (2002) Imperio, Buenos Aires: Paidós.

[2] Negri, A. (1994) El Poder Constituyente: Ensayo sobre las alternativas de la modernidad, Madrid:

Libertarias/Prodhufi.

[3] Negri, A. (1993) La Anomalía Salvaje: Ensayo sobre poder y potencia en B.Spinoza, Barcelona:

Anthropos.

[4] Negri, A. (1980) Del obrero masa al obrero social, Barcelona: Anagrama.

[5] Negri, A. (1984) Marx beyond Marx, Mass: South Hadley.

[6] Deleuze, G. (1988) Diferencia y Repetición, Madrid: Jucar.

[7] Hard, M. y Negri, A., op cit. p. 30.

[8]Idem., p. 32.

[9]Idem., p. 35.

[10]Idem., p. 38.

[11]Idem., p. 40.

[12]Idem., p. 42.

[13]Idem., p. 52.

[14]Idem., p. 80.

[15]Idem., p. 198.

[16] Negri, A. (2000) Arte y multitudo, Madrid: Trotta.

[17] Hard, M. y Negri, A., op cit. pp. 110-113.

[18]Idem., p. 131.

[19]Idem., p. 263.

[20]Idem., p. 52, donde dicen que si quisieramos retomar nuevamente la famosa fórmula tripartita de Max Weber de las formas de legitimación del poder, el salto cualitativo que introduce el imperio en la definición consistiría en su mezcla de principios: típicos del poder racional, del burocrático (adaptado fisiológicamente al contexto biopolítico) y una racionalidad definida por el “acontecimiento” y el “carisma”.

[21]Idem., p. 265-269.

[22]Idem., p. 143- 146.

[23] Lo premoderno y lo moderno no son definibles sólo diacrónicamente, sino lo primero como centrado cultural y subjetivamente en las proyecciones míticas, lo segundo en los esquemas racionales. La definición de imperio no es afectada por la existencia de sujetos premodernos en su contexto, como la existencia de distintos pueblos con distinto grado de apego a lo tradicional no afectaba la constitución de los imperios centrales que al menos en la constitución redactada por Kelsen era moderna.

[24]Idem., p. 360-363.

[25]Idem., p. 363-365.

[26]Idem., p. 366-368.

 
     
   
 

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