Red hair is a sign of nature untrue?
To judge by one’s hair what a dumb thing to do.
I’ve met some real villains with raven black curls,
Who have done wretched things to some innocent girls,
And we all know the blond man so faithful and true?
With his wife and three children and four girlfriends too,
And those wise gray haired teachers who lecture and preach?
Why they’re often more hare-brained than those that they teach.
Oh, it surely is fair, to be judged by one’s hair!
- sung by Titus in "The Talisman”
[¿Tener el pelo rojo es signo de ser por naturaleza un tramposo?
Qué cosa estúpida es juzgar a la gente por el color del pelo.
Yo he encontrado un verdadero bribón con negros y brillantes rizos,
Que ha hecho cosas despreciables a algunas muchachas inocentes,
¿Y no conocemos todos al hombre rubio tan creyente y leal
Con su esposa y tres niños y también sus cuatro amantes?
¿Y esos sabios maestros de cabellos grises que amonestan y predican
¿por qué son generalmente más estúpidos que aquellos a quienes enseñan?
¡Oh, es ciertamente justo, ser juzgado por el color del pelo!]
- cantado por Titus en "El Talismán” [1]
Titus Firefox es un hombre desgraciado, pobre, sin amistades y sin amor, echado de su hogar por la vergüenza que le causa a sus familiares el tener un pariente con un defecto tan desagradable: Titus Firefox es pelirrojo. El color de cabello es su marca distintiva y la causa de su exclusión social. Su suerte cambiará radicalmente cuando reciba, como un mágico talismán, una peluca negra, que le permitirá ser reconocido, aceptado y valorado en la Austria de la primera mitad del siglo XIX. Tendrá trabajo y pretendientas, pero sufrirá nuevos cambios de fortuna al perder esta peluca. Conseguirá luego otra rubia y luego una peluca gris, hasta advertir que lo valioso es mantener la verdadera identidad con su propio cabello rojo.
Juan Nepomuceno Nestroy, llamado también el Shakespeare austríaco, actor y autor, cuenta, en su sátira el Talismán de 1843, estas desventuras de Titus Firefox (Ucalgary, Department of Drama 2002). Mediante ella se está burlando de su época y de los prejuicios que la conforman, para dar a entender al público cuán ridículo es valorar a las personas por su apariencia exterior, al mismo tiempo que muestra cómo la propia identidad está regulada por factores sociales, siendo uno de ellos el color del cabello. Nos parece por tanto adecuado iniciar esta somera descripción de algunos de los juicios y prejuicios del siglo XIX a partir de esta obra.
Este siglo es el del descubrimiento de las potencialidades de la ciencia para transformar el mundo en gran escala, y esa transformación es solidaria de la construcción, no sólo de un mundo calculable, sino de un orden humano previsible. El mundo de las disciplinas entendidas como “métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad”, que desarrolla Michel Foucault en su libro Vigilar y Castigar (1975 [1978]) tiene en este período su más clara manifestación en los distintos procedimientos que tienden a normalizar a los individuos. No vamos a desarrollar este tema, que básicamente es el proceso de construir individuos estandarizados mediante las escuelas, fábricas, hospitales, prisiones, asilos psiquiátricos pero fue desde esta idea que emprendimos la presente investigación en nuestro intento de ver en qué medida el tema del color podía vincularse a esas prácticas de exclusión y normalización de los individuos.
Nuestro tema “juicios y prejuicios del color en el siglo XIX” lo centraremos en tres casos: el daltonismo, el blanco griego y la relación hombre-mujer, aunque obviamente no son los únicos temas posibles.[2]
La ceguera al color y sus inconvenientes en el mundo industrial
John Dalton (1766-1844) ha sentado las bases de la teoría física contemporánea[3], pero para nuestro caso importa que él haya sido quien analizó la dificultad para percibir colores, llamada posteriormente daltonismo en su honor. Y el principal objeto de su estudio fue él mismo y su hermano, ambos daltónicos. Según Odeda Rosenthal (1997) en su libro sobre la ceguera al color, Dalton quería ser botánico hasta que advirtió que los geranios, que él creía que eran azules, eran rosados para la mayoría de las personas. Esto, según parece, lo debió haber desalentado y dirigió entonces sus energías investigadoras a teorías que ayudaron al desarrollo de la industria química y famacéutica así como a la meteorología. Con respecto a esta última, destaquemos que aunque jamás vio los colores del arco iris, se refería a éste en términos de su forma y no obviamente de sus colores.[4]
Rosenthal cuenta que no era mucha la investigación sobre el daltonismo hacia 1960 e incluso 1970. Y que ella se interesó particularmente en este problema cuando le enviaron a su curso de gráfica comercial cuatro muchachos que habían causado problemas al mezclar cables eléctricos de diferentes colores “causando chispas y volando fusibles”. En la escuela en que ella enseñaba, se consideraba que estos jóvenes tenían fallas de conducta. Sin embargo eran estudiantes capaces e interesados en su materia (Rosenthal (1997 [x]). El problema, que pudo ser descubierto, era que los cuatro sufrían de daltonismo (colorblind) y la institución no se había preocupado por comprobar sus aptitudes. De todos modos, no corresponde para este trabajo las cuestiones contemporáneas[5] del daltonismo[6], solo observar que en una conferencia esta investigadora afirmó que la ceguera al color era más silenciada hoy que lo que era la homosexualidad antes.[7]
Sin embargo, y volviendo al siglo XIX, a diferencia de este enfoque positivo e integrador de individuos con problemas en la visión del color, es que podemos destacar que el conocimiento del daltonismo funcionó para excluir gente del mercado laboral. Es decir, el nuevo desarrollo industrial que tenía como importantes motores del progreso económico al crecimiento de las redes viales y marítimas, supuso la exclusión de un buen número de sus reales y posibles empleados. Las investigaciones de la época sugieren no contratar daltónicos para este tipo de trabajo. Es decir que, con el avance de la revolución industrial, la detección del daltonismo, que había sido considerado una curiosidad, pasó a ser una necesidad.
Pues cuando la seguridad depende de la habilidad, por ejemplo, de diferenciar entre el rojo y el verde de la señal de tren, era importante que un empleado pudiese registrar esa diferencia. En este ejemplo, vemos la naturaleza de doble filo de la disciplina moderna. Es claro en el interés de todos los pasajeros y empleados del ferrocarril que el personal señalado sea capaz de diferenciar entre las luces. Para aquellos empleados, los test de ceguera al color, utilizando generalmente cuerdas de lana teñida imperfectamente (que se iba poniendo sucias con el uso), presentó otra barrera al empleo y razón posible para el despido[8]. (Mirzoeff 1999 [54])
De todos modos, esas pruebas fueron abandonadas pues no sólo no diferenciaban correctamente, sino que “muchos que no tenían ningún problema de visión del color sufrieron de los nervios de pensar en responder al test y se arreglaron para faltar” (Rosenthal 1997 [93]).
Los test sobre la ceguera al color obviamente no son entonces el resultado de un deseo neutro de investigación sino que se encuentran ligados a las necesidades de la industria y de las compañías de seguros, que querían reducir sus costos[9]. Por cierto, el mundo laboral funciona por la discriminación de aptitudes y lo que antes era intrascendente se convirtió, con el desarrollo de la industrialización, en una maldición para muchos que no consiguieron trabajo.
Y eso no fue todo. A las dificultades laborales que podrían sufrir los hombres daltónicos se agregó una segregación sentimental. Es así que, un libro titulado Heads and faces and how to study them aparecido en 1892 los marginalizó aún más. Este libro fue publicado en Nueva York por una compañía encabezada por Charlotte Fowler Wells, que se colocaba a si misma como pionera de la frenología. Específicamente, este libro advertía a las mujeres para que evitaran casarse con hombres con daltonismo (colorblind) a fin de evitar la pobreza o ser inducida a abandonar buenos beneficios sociales. Este libro fue un bestseller. (Rosenthal 1997 [94])y daba las indicaciones para que las mujeres pudiesen detectar a estos defectuosos varones. No hemos accedido a dicho libro, pero imaginamos que un interrogatorio posible sería el de una dama vestida de rojo, preguntándole a su pretendiente: ¿querido, te gusta mi vestido verde? El hombre, inocentemente, y deseoso de agradar probablemente diga que sí (aunque no fuese daltónico). Muchos buenos candidatos se pierden por error de criterio femenino.
De paso, no está de más indicar que la tradición que asigna una absoluta mayoría estadística a los hombres en relación al daltonismo está basada en que los test que abonan dichas estadísticas estaban dirigidos a empleos mayoritariamente masculinos. En la medida en que las circunstancias laborales cambian, las estadísticas tienden a modificarse.
El ejército fue también un ámbito en donde se mostró necesario poder detectar el daltonismo. Observemos, en primer lugar, que el siglo XIX es el período en que se van estandarizando[10] los uniformes llamativamente coloreados hasta las formas tradicionales parduscas o verde-oliva. Es decir, el pasaje que va desde la neta diferenciación de los ejércitos por sus vestimentas de variados colores hasta la invención del camuflaje[11]. Si bien éste es en la Primera Guerra Mundial que tendrá su definitiva institucionalización, el proceso de uniformización, en el sentido amplio y estricto del término, se origina en el siglo XIX. Ciertamente, los uniformes llamativos siguen sosteniéndose, pero más por funciones decorativas y simbólicas de los militares en tiempo de paz, que por las necesidades propiamente bélicas. Pero estrictamente la problemática del daltonismo aparece ya en la Guerra Civil americana (1861-1865), que había enfrentado a los ejércitos Azules y Grises, cuando se conoció que muchos de los muertos lo habían sido por sus propios compañeros. “Aparentemente, incluso el general sureño Stonewall Jackson había sido muerto por error por sus propias tropas. Obviamente, había muchos reclutas que no podían discernir el azul del gris” (Rosenthal 1997 [93]). De todos modos, y curiosamente, parece estar comprobado que los soldados con daltonismo están mejor preparados para diferenciar enemigos camuflados que los soldados sin problemas de visión.
La blancura del blanco y los griegos
Pero avancemos un poco más. El siglo XIX es el siglo de la evolución, mejor dicho de la Teoría de la Evolución. Por muchos escándalos que haya despertado, esta teoría encumbró a Darwin (1809-1882) como una de las luminarias científicas de su época, y sus presupuestos, al extenderse a ámbitos diversos, terminaron constituyendo clasificaciones y exclusiones que no correspondían a su aplicación directa. El más obvio fue el de la justificación de las diferencias colorísticas humanas como diferencias biológicas intrínsecas y traducibles como jerarquías humanas. El atraso o adelanto humano se podía entonces vincular al color de piel. Estas teorías son conocidas como darwinismo social y se vinculan al éxito o al fracaso social y económico de unos y otros.El hombre que adquiría el éxito en la sociedad del siglo XIX es el burgués.
El burgués era, si no una especie diferente, sí al menos, miembro de una raza superior, un estadio superior de la evolución humana, distinto de los órdenes inferiores que histórica o culturalmente permanecían en la infancia o, cuando más, en la adolescencia. (Hobsbawn 1975 [1998: 256])
Pero, más allá de este clásico problema del racismo, nos interesa la especificidad de la justificación de una evolución de la percepción de los colores. Si bien distintos investigadores han justificado cambios evolutivos desde la prehistoria al hombre moderno, parece ciertamente exagerado el hacerlo desde los clásicos[12]. Y los clásicos, en particular los griegos, tienen un rol doble en el juego de la percepción colorística. Por un lado, tenemos las investigaciones de Gladstone(1858) y Magnus (1877). Este último, basado parcialmente en el anterior y en particular en Geiger (1871)[13], es un fiel seguidor del evolucionismo y postula firmemente que, a partir de la ausencia o el poco empleo de términos de color, los griegos estaban fisiológicamente atrasados en su evolución del sentido de los colores. Sólo a lo largo de la historia se pudo ir viendo bien el mundo colorístico.
“Las designaciones de colores que se encuentran en estos poemas prueban que entonces –en el mundo Homérico– la retina humana no podía reconocer, según su valor cromático real, más que los colores ricos en luz, en tanto que los de una intensidad media o inferior, tales como el verde, el azul y el violeta no afectaban aún el ojo por un acto distinto de sensación” (Magnus [1877 [1976: 36]).[14]
Hablar por tanto de una evolución fisiológica en la captación de los colores es exagerar, y detenerse en las palabras como prueba, una exageración que puede ser peligrosa.[15] El caso es que Magnus no fue el único y, como dijimos, siguió parcialmente a Gladstone. Éste también indica, por lo tanto, que los griegos aparecen como débilmente capacitados para la percepción del mundo colorido. La existencia de pocos vocablos para la enunciación de los colores daba cuenta de este atraso.[16] Es así que dice de Homero:
Él nunca proporciona un adjetivo de color a una flor; nunca dice que los cielos son azules; y no hay ninguna palabra en los poemas que justificarían la afirmación de que tenía algún acercamiento a una percepción clara tanto del verde o del azul.[17] (Gladstone 1878 [150])
Sin embargo, esta reconocimiento de la debilidad griega en la percepción del color no era estrictamente una devaluación del mundo homérico en el siglo XIX en la Inglaterra finisecular. Pues
Para los victorianos, el prestigio de Homero era tan grande que este descuido no podía ser atribuido a simple indiferencia al color o simple falla en la descripción, tenía que implicar una profunda verdad. Gladstone por lo tanto concluyó que la percepción del color de los griegos era como una fotografía, es decir en blanco y negro.[18](Mirzoeff 1999 [55])
Los conocidos mármoles de Lord Elgin[19], aquellos que adornaban el Partenón (y que los griegos aún hoy continúan reclamando su devolución) eran blancos, profundamente blancos[20] como creían ser los ingleses entre otros europeos, que no advertían que en realidad eran más bien rosaditos claros.
“El blanco nos coloca en el lugar que se sostuvo que era tanto el origen del arte occidental y su más elevada forma conocida, la escultura griega y romana. En el siglo XIX, la belleza de estas esculturas fue resumida por su puro mármol blanco” (Mirzoeff 1999 [58]). O sea, que los griegos no viesen sino principalmente en blanco y negro no era problema. Lo que había que defender era el blanco, el blanco ario y los arios fueron con su interés en el arte neoclásico quienes a su turno defendieron a las blancas estatuas contra el arte degenerado moderno. Si era blanco, era bello. El caso es que había necesidad de blancura, y no estaban anticipando ninguna publicidad de polvo para lavar, aunque el tema del lavado y blanqueado también tenía su importancia[21]. Quizá nadie diría que había un prejuicio dando vuelta. Simplemente un error de interpretación de textos griegos antiguos que asignaba a una carencia lingüística una dificultad oftalmológica. Que por la misma época se hubiesen descubierto los coloridos de las esculturas y viviendas griegas podía ser fácilmente obviado[22]. Las necesidades ideológicas van por encima de las científicas. Pero si el predominio de lo blanco se mostraba de este modo, el gusto por los colores chillones daba cuenta del atraso propio de los pueblos primitivos. Porque a los pueblos primitivos les gustan los colores llamativos. Una muestra más del atraso evolutivo en que se encontraban y otra forma más de justificar el dominio del gran padre blanco, especialmente si hablaba en inglés. “Quizá uno de los más importantes restos del más antiguo estado de cosas se encuentra en esta preferencia ... de las razas no civilizadas por los colores fuertes, ... chillones” dice Gladstone (citado en Mirzoeff 1999 [55]).[23]
No vamos a entrar ahora en el juego del huevo o la gallina y preguntarnos si son atrasados porque les gustan los colores chillones o al revés, porque supondríamos una condición que responde con seguridad a otros factores. Lo claro es que para la época los africanos y otros pueblos colonizados eran ya percibidos como estando detenidos en su desarrollo y las teorías del color confirmaban este atraso.
El problema no hubiera sido tan grave si la argumentación sobre la percepción del color como índice del estado evolutivo de un pueblo hubiese venido de un simple científico, como lo era Magnus, cuyo ámbito de divulgación eran las revistas o libros científicos, especialmente considerando que otros científicos mejor formados refutaron sus afirmaciones en la época[24]. Por el contrario, Gladstone, mejor dicho el Honorable William Ewart Gladstone, cuatro veces primer ministro, fue una de las dos personalidades políticas, junto con Disraeli, más destacadas del siglo XIX en la Inglaterra victoriana de desarrollo y triunfo del capitalismo. Y un férreo creyente en el carácter salvador de la humanidad de la cultura inglesa. Las teorías sobre el color eran un arma peligrosa, por muy liberal y progresista que haya sido el primer ministro para sus compatriotas.
Sexos y color
Dentro de la tensión entre el color y la forma (o dibujo, o diseño), cuestión que tendrá sus avatares, hay un aspecto de la misma que pone en evidencia otros prejuicios de la época. En este caso, nos interesa la figura de Charles Blanc, quien fue director de Bellas Artes durante el gobierno socialista francés de 1848-1850, cuyo libro Grammaire des arts du dessin (1867) fue uno de los más consultados por los artistas contemporáneos (Gage 1993 [1993: 174]). Este autor reinterpreta la relación forma-color como equivalente a la relación hombre-mujer. En el capítulo “Dibujo y Color” afirma que “el dibujo es el aspecto masculino del arte; el color es su lado femenino” (Blanc 1867 [1947: 25). Esta afirmación, en principio, podríamos considerarla metafórica e intrascendente. Pero más adelante trata de plantear cómo funciona esta relación en las diversas artes.
Es así que “el dibujo es, por consiguiente, el principio generador de la arquitectura, su esencia misma” y, por lo tanto, lo femenino está aquí excluido; “en la escultura, el dibujo lo es todo, pues el escultor puede prescindir del color, elemento tan extraño a su arte que, incluso debe considerarse como peligroso, no siendo que desempeñe un rol totalmente accesorio”. Aquí, el color, lo femenino, está asociado a lo extraño, peligroso y accesorio. Parece sin embargo que hubiese un territorio donde el color ¿lo femenino, la mujer? puede ser reivindicado. Es en el caso de la pintura. Allí “el color desempeña ... un rol esencial aunque ocupe el segundo rango. La unión del dibujo y del color es tan necesaria para engendrar la pintura, como lo es la unión del hombre y de la mujer para perpetuar la especie” (Blanc 1867 [1947: 25).
Al menos en la pintura la mujer, el color, estaría al nivel del hombre[25]. No obstante, interpretar eso sería un error, pues Blanc afirma inmediatamente:
Pero es menester, sin embargo, conservar al dibujo su preponderancia. De lo contrario será la ruina de la pintura que se perderá por el color, como la humanidad se perdió por Eva. La superioridad del dibujo con respecto al color, aparece en las leyes de la naturaleza misma; quizá ésta que los objetos nos sean revelados por su dibujo más bien que por su colorido. (Blanc 1867 [1947: 26)
¿Es Blanc un retrógrado en el mundo del liberalismo? Si lo es, no es el único. Por cierto que la sumisión femenina no pareciera ser ninguna novedad y forma parte de la tradición, pero supuestamente el siglo XIX es el del progreso y las libertades. El rol de la mujer como madre, esposa y señora está expuesto también por Ruskin, quien ciertamente es uno de los formadores culturales de la época y también tiene sus comentarios sobre el color[26], pero al respecto dice que la función de la mujer es:
- 1. Complacer a su gente
- 2. alimentarla con ricos manjares
- 3. vestirla
- 4. mantenerla en orden
- 5. enseñarla (citado en Hobsbawm 1975 [1978: 246])
Tareas para las cuales no necesita ni instrucción ni inteligencia, pues para ello está el varón.
El claro prejuicio de la inferioridad femenina se pone en evidencia en esta cita: “¿Tiene acaso juicio? Este es un gran valor, pero hay que cuidar que no exceda el tuyo (el del hombre). Pues la mujer debe estar sometida y el verdadero dominio es el de la inteligencia” (citado en Hobsbawm 1975 [1978: 247]).
Obviamente esta posición estaba en contradicción con los principios que la sociedad burguesa[27]del siglo XIX quería sostener, y así lo afirma Hobsbawn:
El punto crucial es que la estructura de la familia burguesa contradecía de plano a la de la sociedad burguesa, ya que en aquélla no contaban la libertad, la oportunidad, el nexo monetario, ni la persecución del beneficio individual. (Hobsbawm 1975 [1978: 248])
En suma, la libertad para afuera y no para adentro. Este rol dominador masculino, lo repetimos, es entonces el que se evidencia en la relación color-dibujo y Blanc no parece por lo tanto ajeno a las ideas de su época y proyectando esta distinción a los ya mencionados prejuicios colonialistas, Blanc advierte, que ““todos los artistas orientales eran coloristas”, bosquejando el prejuicio colonial que el Oriente medio y los africanos del norte eran afeminados por naturaleza. Se siguió que ellos podían ser coloristas naturalmente pero los verdaderos artistas (machos, Occidentales) necesitaban aprender cuidadosamente las reglas en la aplicación del color. [Asimismo la autora Anthea Callen afirma]: “El color ... tiene que ser colonizado, dirigido por la autoridad de la línea; solo el dibujante-cartógrafo podía imponer orden ... Como el color, la mujer era un desierto esperando ser mapeado por el texto masculino”. Las cualidades formales de la aplicación del color así involucraba una compleja interacción de raza, género y política colonial” (Mirzoeff 1999 [56]).
En síntesis, si bien hay abundancia de investigaciones en torno a los aspectos científicos, técnicos y puramente artísticos y simbólicos del color, hay también una importante dimensión de implicancias sociopolíticas, que va más allá de estos usos y que ha funcionado, al menos en el siglo XIX como un sistema de jerarquización y exclusión, por control y sumisión de seres humanos.
Referencias
BLANC, Charles. 1867. Grammaire des Arts du Dessin (París: Jules Renouard). Trad. española por Manuel A. Domínguez, Gramática de las artes de dibujo (Buenos Aires: Ed. Víctor Lerú, 1947).
BRUSATIN, Manlio. 1983. Storia dei colori(Torino: Giulio Einaudi). Trad. española por Rosa Premat, Historia de los colores(Barcelona: Paidós, 1987).
ECO, Umberto. 1985. “How culture conditions the colours we see” en On signs, ed. Marshall Blonsky (Baltimore: John Hopkins Press University). Trad. española por Marcelo Giménez, manuscrito, Julio 1995, 12 páginas.
FOUCAULT, Michel. 1975. Surveillir et punir (Paris: Gallimard). Trad. española por Juan Almela, Vigilar y Castigar (México: Siglo XXI, 1978).
GAGE, John. 1993. Color and culture: practice and meaning from antiquity to abstraction (Boston: Little, Brown, and Co.). Trad. española por Adolfo Gómez Cedillo y Rafael Jackson Martín, Color y cultura: La práctica y el significado del color de la antigüedad a la abstracción (Madrid: Ediciones Siruela, 1993).
GLADSTONE, W. E. 1878. Homer (Nueva York: D. Appleton and Company).
HOBSBAWM, Eric. 1975. The age of capital, 1848-1875 (Londres: Weidenfeld and Nicolson). Trad. española por A. García Fluixá y Carlo A. Caranci, La era del capital, 1848-1875 (Buenos Aires: Grijalbo, 1998).
MAGNUS, Hugo F. 1877. Die Geschichtliche Entwickelung des Farbensinnes. (Leipzig, Germany: Von Veit). Trad. española por Carlos López Fuentes, Evolución del sentido de los colores (Buenos Aires, Hachette, 1976).
MIRZOEFF, Nicholas. 1999. An introduction to visual culture (Londres: Routledge).
RACINET, Albert. 1990. Historia del vestido (Madrid, Ed. Libsa).
ROSENTHAL, Odeda y Robert H. PHILLIPS. 1997. Coping with colorblindness: sound helpful strategies and advice for those who must deal with inherited or acquired color vision confusion (Nueva York, Avery Publishing Group).
RUSKIN, John. 1849. The seven lamps of Architecture. Trad. española por Carmen de Burgos, Las siete lámparas de la Arquitectura (Buenos Aires: Ed. Librería El Ateneo, 1956).
UNIVERSIDAD DE CALGARY, DEPARTMENT OF DRAMA. 2002. “The Talisman: or the Wigs of Fate” en http://www.ucalgary.ca/~esleben/talisman.html, 18 de enero de 2002.
[1] Traducción nuestra, modificada.
[2] Otras investigaciones posibles en relación al color y los prejuicios son las connotaciones morales, las mágicas, las simbólicas. En relación al color y los juicios está toda la amplia temática de los efectos de los colores, entre los que podemos destacar las celdas para maníacos (Gage 1993 [1993: 293, nota 100]). También se podrían incluir la relación entre aspectos económicos, innovaciones colorísticas como la invención de pigmentos sintéticos y demanda artística (Gage 1993 [1993: 214), las relaciones entre patriotismo y nombres de los colores y en particular las correcciones de la ciencia al arte como las planteó Ostwald al encontrar defectuosas las estampas a color japonesas (Gage 1993 [1993: 248]).
[3] Nos estamos refiriendo a su teoría de que la materia está compuesta por átomos de masas diferentes que se combinan en proporciones sencillas para formar compuestos.
[4] Otra anécdota al respecto refiere que cuando en 1836 fue nombrado Doctor en Oxford “orgullosamente apareció en este importante evento vistiendo una capa de color rojo ... En otras condiciones, no hubiera usado colores llamativos porque era impropio de su fe religiosa cuáquera. En esta ocasión, estaba contento de declarar honestamente que el rojo (de su capa) se le aparecía como negro” (Rosenthal 1997 [85]).
[5]La cuestión del daltonismo va actualmente más allá de problemas del aprendizaje y puede incluso incluir problemas doméstico-maritales como el acuerdo acerca de los colores de los muebles, problemas románticos como no poder compartir la emoción de una puesta del sol, problemas de orientación al no poder leer correctamente un mapa e incluso han ocurrido demandas hechas a dentistas por ponerles encapsulados plásticos, obviamente blancos, que oscurecían los restantes dientes, y la autora supone que esos dentistas eran daltónicos (Rosenthal 1997 [x]).
[6]La autora la llama también color vision confusion (CVC).
[7]“Porqué no se trata abiertamente el daltonismo es una buena cuestión. La gente de arte me dice que es una cuestión de la comunidad médica, y la gente en medicina piensa que es significativa solo para la gente de arte” (Rosenthal 1997 [xii]).
[8] Traducción nuestra.
[9] Para ampliar esta cuestión, en donde se pone en juego la relatividad de las nominaciones del color y sus vinculaciones culturales, considérese el siguiente comentario de Humberto Eco: “Los psicólogos asumen frecuentemente que las clasificaciones de colores y la pronunciación de los nombres de los colores están vinculados a la representación de una experiencia real; asumen que, en primera instancia, los términos de color denotan las propiedades inmanentes de una sensación. Por lo tanto, muchos test están contaminados por esta confusión entre significado y referencia. Cuando una pronuncia un término de color, uno no está apuntando directamente a un estado del mundo (proceso de referencia), sino, por el contrario, uno está conectando o correlacionando ese término con una unidad o concepto cultural. La pronunciación del término está determinada, obviamente, por una sensación dada, pero la transformación de los estímulos sensoriales en un precepto está determinado, de alguna manera, por la relación semiótica entre la expresión lingüística y el significado o contenido culturalmente relacionado con ella. Nuestro problema ... es cómo reconciliar entonces estos dos innegables aunque opuestos razonamientos: las distinciones de color están naturalmente basadas, aunque esas distinciones naturales están constituidas culturalmente. El dilema sólo puede ser resuelto haciendo una lectura desde el significado cultural del color hacia los test empíricos de discriminación, más que en el sentido inverso”. (Eco 1985 [1995: 3])
[10] “Durante el siglo XVIII, los uniformes militares se fueron estandarizando paulatinamente o normalizando, tendencia formalizada por decretos de la Asamblea Nacional de 1789. Anteriormente se habían indicado los orígenes de los diferentes regimientos mediante colores distintos en las solapas y los puños, pero éstos habían sido abolidos. En este sentido, todo el ejército vestía de azul, y las diferencias en el uniforme, que se limitaban al uso del rojo y blanco en las solapas y los puños, únicamente indicaban las diferentes ocupaciones militares”. (Racinet 1990 [218])
[11]“A partir de aquí [la batalla de Sebastopol], el uso militar del color pasará gradualmente a un frente opuesto: la individualización manifiesta y clara de los colores de un ejército y de sus componentes agresivos tendrá que convertirse en una manifiesta invisibilidad y disimular en lo posible todo movimiento o aparición demasiado reveladora: la simulación y la sorpresa se convierten en hechos decisivos, más que la formación beligerante que exhibía y extendía las armas y el cuerpo de infantería hecho más ofensivo porque estaba adornado por sus propios colores”. (Brusatin 1983 [1987: 117])
[12] Los tiempos de la evolución se encuentran en cientos, miles y hasta millones de años. La justificación de una evolución biológica de la captación de los colores desde los griegos hasta la actualidad no parece tener buen fundamento.
[13] Geiger. 1871. Zur Entwickelungsgeschichte der Menschheit (Stuttgart), citado en Magnus [1877 (1976: 20)].
[14]La problemática del arco iris es una buena ilustración para constatar esta pobreza visual griega: “Si Jenófanes no pudo distinguir en el arco iris más que tres colores (rojo, púrpura y violeta) ... sólo puede entenderse suponiendo que en esa época el sentido cromático se encontraba en un grado inferior de desarrollo” (Magnus 1877 [1976: 42]). El arco iris también aparecería mal discriminado por Aristóteles, es así que Magnus afirma: “Aún en la época de Aristóteles, la retina humana no distinguía en el arco iris el número de colores que en él descubren con facilidad los ojos de nuestros contemporáneos. El filósofo llama tricolor al arco iris” (Magnus 1877 [1976: 28]), refiriéndose al rojo, verde y violeta. Esta tesis de dependencia de existencia de un órgano más o menos evolucionado como es la retina tiene varios problemas. La tricoloridad del arco iris puede tener distintos motivos. A lo largo de la historia se ha discutido cuántos son los colores del arco iris: hay arco iris de dos colores simbolizando la Alianza entre Dios y Noe en el siglo VI, de tres colores siguiendo a Aristóteles e identificándolos con la Trinidad cristiana en el siglo XVII. [Antes], “Ovidio y Virgilio –supuestamente menos evolucionados- habían afirmado que era imposible contar sus colores, pues superaban el millar” (Gage 1993 [1993: 93]) y podríamos seguir. Gage prudentemente observa que “lo que está claro es que la suave transición de los colores del arco iris, que algunos teóricos elogiarían como ejemplo de armonía cromática, hace extremadamente difícil enumerar y nombrar los colores. Estas dificultades provocaron distintas interpretaciones sobre el arco iris según los esquemas imperantes en cada época” (Gage 1993 [1993: 93]).
[15]No tener las palabras para nombrar una sensación no quiere decir que la misma no exista, aunque, y se ha escrito bastante, el tener varias palabras donde otros pueblos tienen pocas o una o ninguna indique una necesidad relacionada con la situación cultural propia, caso de esquimales y otros pueblos.
[16]Es así que, “Gladstone dirigió su propio estudio de diez libros de la Odisea y encontró solamente “treinta y un casos en alrededor de cinco mil líneas en los que Homero puede decirse que introduce algún elemento o idea de color; o alrededor de una vez en ciento sesenta líneas”” (Mirzoeff 1999 [55]).
[17] Traducción nuestra.
[18] Traducción nuestra.
[19] En 1806 fueron trasladadas de Atenas a Londres y en 1816 fueron pagadas.
[20] Es más, debían ser continuamente limpiados para mantenerse así.
[21]“La marca moral de la higiene y de la limpieza se impone como un efecto social en la extensión del blanco civilizador, como se puede intuir a través de una cantidad de manuales específicos del tipo Experiments of Bleaching (1756), Experiments upon magnesia alba (1756), Description du blanchiment des toiles (1785). Los lavados y las coladas con ceniza, vieja práctica de blanqueo a base de azufre y de salitre conocida desde la clasicidad, trasmitida en la ocupación y en la industria domésticas, ahora tiene necesidad de amplios espacios sobre la hierba alta para la exposición de las telas a blanquear, tanto como para sorprender a cualquier viajero continental que observa los prados extraordinariamente blanqueados de Manchester. Esta todavía era una industria blanqueadora que se desarrollaba fuera de la fábrica y que disponía de espacios agrícolas, rápidamente sustituida por el ciclo industrial primero con la coloración y luego con la Bleaching powder (1798), saludada como una victoria del espíritu por la burguesía que viste y difunde la ropa blanca, aboliendo todo “sansculottismo” revolucionario y colonizando a todo “salvaje” sin camisa”. (Brusatin 1983 [1987: 111])
[22] Véase también a Ruskin afirmando el color blanco: “El friso de Elgin, por ejemplo, es un monocromo vecino ya de la escultura, y guardando largo tiempo, a mi sentir, la piel semidesnuda” (1849 [1956: 189).
[23] Véase también este otro ejemplo: “Goethe no era ajeno a esta discriminación: En su Teoría de los colores ... explicó que “las naciones salvajes, los pueblos sin educación y los chicos tienen una gran predilección por los colores vívidos; los animales son excitados a la furia por ciertos colores; la gente refinada evita los colores vívidos en sus vestidos y los objetos que los tienen, y parecen inclinados a expulsarlos completamente de su presencia”, citado en Mirzoeff (1999 [56]).
[24] “Las conclusiones de Gladstone fueron pronto rebatidas por al menos un erudito que se tomó la molestia de comparar el lenguaje con la producción artística. Ahora sabemos que el lenguaje no puede interpretarse como un índice directo de la percepción y que el fenómeno del color es plurivalente: junto a las características de tono y saturación, que los espectadores modernos tienden a considerar más importantes, existe la característica del valor cromático, el grado de iluminación en una tonalidad dada. Esta última característica era de especial importancia para los antiguos griegos, y estaba arraigada en su teoría del color” (Gage 1993 [1993: 11]).
[25] La relación entre los sexos y el color tiene otros defensores posteriormente, aunque sin que se acentúe tanto esta característica de dominación. Entre los pintores podemos citar a Mondrian y a Franz Marc, integrante del grupo expresionista Der Blaue Reiter, quien afirmaba:
“El azul es el principio masculino, incisivo y espiritual; el amarillo es el principio femenino, suave, alegre y sensual; el rojo , lo material, brutal y pesado, el color al que los otros dos colores siempre deben resistirse y al que deben superar. Si mezclas, por ejemplo, el serio y espiritual azul con el rojo, entonces das al azul un aspecto insoportablemente lúgubre que hace indispensable el uso del amarillo reconciliador (¡la mujer consoladora, no amante!), el color complementario del violeta. Si mezclas el rojo con el amarillo, proporcionas al pasivo y femenino amarillo un efecto sensual ... que a su vez hará indispensable la aplicación del frío y espiritual azul (el hombre), y ciertamente el azul está situado justo frente al naranja. ... Pese a lo que demuestran todos los análisis espectrales, sigo creyendo que el amarillo (la mujer) está más cerca del rojo terrenal que el azul, principio masculino”. Citado en Gage (1993 [1993: 207])
[26] Dichos comentarios no son desarrollados en el presente trabajo.
[27] Según Hobsbawn las convicciones de la burguesía del tercer cuarto del siglo XIX eran las siguientes: “Fue preponderantemente liberal no tanto en un sentido partidista, sino en un sentido ideológico. Creían en el capitalismo, en la empresa privada competitiva, en la tecnología, en la ciencia y en la razón. Creían en el progreso, en un cierto grado de gobierno representativo, de derechos civiles y de libertades, siempre que fuesen compatibles con el imperio de la ley, y con un tipo de orden que mantuviese a los pobres en su sitio” (Hobsbawm 1975 [1978: 254])
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