inicio | contacto | links
 
 
Artículos
Entrevistas
Reseñas
Córpora
Obras de autor
Archivo
Visite el sitio:
 
 
   

< volver

 

Norteamérica, la horrible

ISSN 1666-3519
Copyright© 2001
Año 4 Número 7 2005

Susana Santos
Universidad de Buenos Aires, Argentina

 

En el número triple 192-193-194, que corresponde a los meses de Octubre-Noviembre-Diciembre de 1950, la revista argentina Sur publica el ensayo “Norteamérica, la hermosa”. Su autora era la novelista y ensayista de izquierda norteamericana Mary McCarthy, quien pronto una de las víctimas de la caza de brujas de la campaña anticomunista que su casi homónimo, el senador MacCarthy, llevó a término con infatigable saña en su país.

En Sur, el ensayo iba precedido por una nota pórtico de su directora, Victoria Ocampo. La traducción omite el subtítulo del texto original “El humanismo en la bañadera”, por demás significativo, que eventualmentepermitiría una lectura más aviesa del texto en todo cuanto hace al posicionamiento de su propia autora.[1]

En ese mismo número, dos intelectuales, tan omnipresentes entonces como borrosos ahora, Ezequiel Martínez Estrada y Luis Emilio Soto participan de “Acotaciones al margen”. Sus disquisiciones inician una puesta en escena de varias opiniones que en números siguientes, 195-196 (Enero-Febrero 1951) y 203 (septiembre del 51), continuarán la discusión con las respuestas “seleccionadas” a una encuesta sobre “Norteamérica, la hermosa” cuyas, preguntas fijó la misma revista. Allí fueron publicadas las respuestas de Ernesto Sábato, Alvaro Fernández Suárez, Alicia Jurado de Tiscornia, Sebastián Salazar Bondy, Silvina Bullrich, Federico Raíces, Norberto Frontini, David Viñas, J. A. Mahieu y Mirta Arlt.

El ensayo de McCarthy -aparentemente provocado por la presencia de una visitante existencialista (Simone de Beauvoir), excitada por conocer lo “esencial” de los Estados Unidos, precisamente su comida- da lugar a una presentación del gran país del norte, no exenta de gracia, dirigida principalmente a Europa o los europeos para rechazar el “lugar común” de una supuesta actitud o inclinación “materialista” de los estadounidenses, que eventualmente los colocaría eninferioridad ante la mentada y autocelebratoria“espiritualidad” de la cultura del viejo continente.

Puestas así las cosas, la ensayista enumera los logros matéricos (edificios, autopistas, automóviles, cines, radios, lavarropas, bañaderas y otros más, en una enumeración, donde por cierto no falta la bomba atómica) de los que disfrutan los estadounidenses, impuestos, aún a su pesar, por una enigmática “otredad”.

El verdadero espíritu del pueblo norteamericano “no goza de sus posesiones, porque el goce sensorial no era su propósito. Y vive frugal y parcamente entre ellas, en la disciplina monástica de Scardale o en las barracas de Stuyvesant Town” Para distinguir que “sólo entre ciertos grupos, donde la manumisión, socialmente hablando, no ha sido alcanzada, el placer y el esplendor material constituyen una finalidad de la vida y una ocupación. Entre los parias –judíos, negros, católicos y homosexuales- excluidos de la comunión de los ascéticos, el amor a las telas, las exhibiciones llamativas y la suntuosidad todavía se despliega anacrónicamente. Una vez alcanzada una norma, el diferir en las distintas clases, la ambición financiera misma, se desvanecen. El self-made man descubre, con cólera, que a su hijo no le interesa el dinero” (p. 151).

A los que verdaderamente les interesa el dinero –según una de las conclusiones del ensayo-, es a los europeos, con la consiguiente venalidad. La espectacularización del desprecio por el dinero y de todo lo que se puede comprar con él, la “espiritualización” y abstinencia de los goces materiales, constituyen la obligada marca de clase que han de imitar todos los que busquen ascender socialmente y parecerse a una élite norteamericana blanca, anglosajona y protestante –al menos, así era en 1950.

En el mismo número de la publicación, de manera tal vez previsible si se recuerdan las tesis de Radiografía de la Pampa(1933), Martínez Estrada ratifica la concepción materialista de la vida norteamericana de manera negativa. Luis Emilio Soto prefiere una visión clasista más al gusto del diario La Nación de entonces, donde opera un examen de conciencia que ostenta un saber empírico, donde una clase se define frente a Europa como poseedora de “otra” distinción, homologable con otros países sudamericanos –y, desde luego, especialmente con la Argentina.

Así, en función de la encuesta (nros.195-196 y 203), Ernesto Sábato se irrita por la aparente negligencia con que la autora de “Norteamérica, la hermosa” define los efectos de la publicidad, que a Sábato le resultan pesadillescos (el argentino todavía no había visto la complacencia barroca que se exhibe en las publicitadas tapas de sus novelas, cartas a jóvenes confundidos, y otros textos sabatinos); mientras que el español Álvaro Fernández Suárez señala “que los Estados Unidos se nos han echado encima para bien y para mal, con su tremendo peso y condicionan demasiado nuestro destino para resignarnos a prescindir de todo intento de desentrañar su enigma”(p.71). Pareciera que la respuesta propuesta al enigma de “Norteamérica, la hermosa” es la diacronía que llama “tiempo vital” entre Europa y los Estados Unidos.

Para Alicia Jurado y Silvina Bullrich, la oposición entre los continentes en términos de “materialismo” o “espiritualismo” es -reinterpretando el uso que diera Martínez Estrada- un “sofisma”. No dicho de manera expresa, de ambos textos se infiere que la posibilidad de acceso al consumo y su consiguiente disfrute es una prerrogativa del régimen del país del Norte. Es decir, de su sistema político interno, la democracia representativa con sufragio universal. Estas dos novelistas liberales, divorcistas y abortistas, defendían el cuerpo y el consumo, e incurrían sin vacilar en la “incorrección política”, con armas literarias y polémicas más filosas e hirientes que las de muchas feministas que escriben cincuenta años después, y sin los riesgos de entonces.

Este discurrir por estos términos que parecen el copete –no escrito, pero sí posible de inferir- de todos los ensayos se resumen en la afirmación de David Viñas: “el tan traído y llevado materialismo norteamericano- auténtico pese a lo ingeniosos argumentos de Mary McCarthy que a todo trance quiera que exista un trasfondo inmaterialista en los Estados Unidos- no es sino la culminación y el paradigma de la tónica de nuestra época y de todos los países que viven un ritmo sincrónico. Más todavía una de las dos fases del mismo fenómeno. La otra es la rusa. De donde se sigue que los únicos inmaterialistas de 1951 son los bosquimanos, si es que todavía existen y si no se han hecho comunistas o han comprado una heladera a escote” (p. 86). Hay que recordar que esta es una de las rarísimas colaboraciones de Viñas en la liberal Sur; y que otra de ellas, significativamente, es una reseña de las Memorias de una infancia católica de la misma Mary McCarthy.

Singularmente, el peruano Sebastián Salazar Bondy distinguirá en su respuesta una cultura común –que suscribe–, diferente de la norteamericana pero también de los centros que aspiran a una europeización ciega como Buenos Aires o Lima. Esta idea de cultura en común, patente en el Perú indígena pero también en otros países latinoamericanos, se opone a la práctica de una cultura dividida, de espaldas a las poblaciones nativas y también inmigrantes que constituyen la mayoría abrumadora de la población caracterizada por su condición paupérrima.

Aquí se señala que la instalación de esta otra cultura (dividida) hoy en nuestra ciudad de Buenos Aires –impensable en los ´50- resulta inocultable. Elproceso de pauperización y de formas sobresaltadas y sobresaltantes de cambio y militancia social se exhiben de manera clara en la emergencia habitacional urbana, las villas, los cartoneros, los niños y los piqueteros en las calles, hasta nuevas formas de comida callejera para regalarle, eventualmente, a Simone de Beauvoir. Son las marcas y las estrategias insertas en un subdesarrollo debido a políticas entreguistas unidas a malas administraciones, y a la presencia tutelar del imperialismo, principalmente el de Norteamérica, la hermosa.

Porque es precisamente de la dimensión de la política exterior norteamericana, especialmente en su expansión neocolonial e imperial, de lo que se habían olvidado de hablar los comentaristas del artículo. No la propia Mary McCarthy, ya que su ensayo trata de otra cosa. La escritora norteamericana razona acerca de un tópico clásico de la filosofía política, el democratismo norteamericano vs. elaristocratismo europeo; y, en todas sus posiciones, desde Guatemala a Vietnam, la autora fue de un probado y militante anti-imperialismo.

Sebastián Salazar Bondy continúa; “Para el hispanoamericano- en especial para los depauperados países de gran población indígena-, Norteamérica está cabalmente representada no por el pintoresco turista que fotografía, entre divertido y horrorizado, nuestra barbarie y los restos de nuestro antiguo esplendor, sino por el funcionario de las grandes empresas bajo cuyo mando millares de nativos, indios o negros, dentro de las peores condiciones de salubridad y alimentación, trabajan en las minas de vanadio, estaño o petróleo y en las plantaciones de azúcar, algodón o bananas”.

“La llana y heroica accesibilidad que para ella (McCarthy) constituyen la verdadera gloria nacional de su pueblo, no la traen aquí consigo sus compatriotas. Apenas si unos pocos conseguimos descubrirla en nuestras lecturas de los pensadores y novelistas yanquis...cuando desde la butaca de un cine contemplamos el paraíso de ‘the American Way of Life’, la cómoda y satisfecha desaprensión con que cada personaje, millonario u obrero, existe, contemplamos también nuestras lacras sociales y nuestros harapos. El desprecio del norteamericano por el dinero y sus regalías no significa otra cosa que su hartazgo. No quiere decir que los hispanomericanos nos sintamos más espirituales...” (pp. 74-75).

Claramente eludida la oposición de data arielista, formulada por el uruguayo José Enrique Rodó hacia 1900 (que se superpuso a la ya antigua civilización-barbarie), Salazar Bondy puntualizará que la “otredad” misteriosa y enigmática que impone los bienes a los norteamericanos en el Perú y otros países latinoamericanos existe realmente sin ningún enigma. Se trata “de esa muchedumbre hambrienta, analfabeta, raquítica, de indios, mestizos, negros y mulatos, a pesar de que muchos de los habitantes de Buenos Aires o Lima, de cualquiera de nuestras capitales, la consideren una ‘otredad’ cuya existencia nada estimulante no habrá de importunar sus conciencias”

Sebastián Salazar Bondy (1924-1966), que nació y murió en Lima, ciudad a la que demanda y procesa, juzga y condena sin apelación en su libro Lima, la horrible (1964) acaso uno de los mejores y más impugnadores ensayos del siglo XX latinoamericano, fue poeta, novelista, cuentista, autor teatral y crítico literario. Interesa resaltar que permaneció en nuestro país desde 1947 a 1952. En ese período participó en la “movida” de Sur (1931-1987). De sus críticas a autores jóvenes en ese momento: Octavio Paz (El laberinto de la soledad), Cortázar (Bestiario), Alberto Moravia (que también reseñaría Enrique Pezzoni),así presentaciones teatrales.

El número 283 de Sur (marzo-abril 1965) fue el primero en más de treinta años dedicado íntegramente a América Latina. Salazar Bondy participó con su ensayo “La evolución del llamado indigenismo”[2], en el horizonte del gobierno de Belaúnde Terry que rechaza las ideologías foráneas a favor de las normas particulares del Perú[3] .

Aunque no es este el lugar para presentarlo con detalle se señala el singular estilo de este autor: el ensayo -ignorante a la improvisación y sin tradicionales atributos retóricos- entiende un pronunciado conceptual, equilibrados párrafos y un erudito repertorio ajeno a la sentencia e inmediatoa la incidencia poética.[4]

Salazar Bondy -que caracteriza el indigenismo como “Movimiento centenario que a pesar de sus detractores forma parte de la conciencia nacional”(p.44)- advierte el recorrido histórico de este indigenismo que es la historia de su país y de otros latinoamericanos. Queda para el lector la indagación de constatar si Bolivia, Ecuador o Guatemala tuvieron su José Carlos Mariátegui y aún su Raúl Haya de la Torre. A pesar de que la onda indigenista “arrojó a las gentes a las calles, ocupó las páginas de la prensa, se volvió, mal que bien, cuadro, libro, conferencia, hasta melodía... excepto unas cuantas obras (los 7 ensayos de Mariátegui, Los cuentos andinos de Albújar, El nuevo indio de Uriel García, cierta parte de la poesía de Vallejo, al cual no se le puede sensu strictu llamar indigenista), la huella literaria del movimiento no fue honda ni perdurable. Más adelante, Ciro Alegría escribiría la novela correspondiente a este espíritu...”

El derrotero de esta corriente expresada en las artes–principalmente en la literatura pero también en la plástica y la música- encontraría su retórico espacio en toda consigna propagandista del aprismo, comunismo o socialismo, mientras que la masa exenta de sus derechos inicia su migración hacia la orgullosa capital para formar las barriadas cholas.

En Perú, otra generación que es también profundización de esta tradición literaria –entre el 30 y el 45 con las dictaduras militares que persiguieron a las izquierdas- trata el indigenismo: los estudios antropológicos de Valcárcel, el biólogo Carlos Monge, los estudios pioneros de la arqueología de Jorge Muelle, Jorge Basadre y sus calificaciones del derecho indio, las crónicas de los indios (Raúl Porras Barrenechea) los estudios sobre las instituciones quechuas (Castro Pozo). Y en literatura, la culminación y cierre con la obra de José María Arguedas donde “los indios ya no son una apoyatura para la protesta social y la denuncia sino formas de un mundo humano y experiencias primeramente existenciales”(p.47).

El ensayo afirma la tesis del cierre del indigenismo incorporado a la conciencia nacional con decisión de vencer el subdesarrollo.

Vemos aquí, una década y media más tarde, desarrolladas, las precisiones y el programa político que habían distinguido con disonancia a Salazar Bondy en el coro de voces que discutían a “Norteamérica, la hermosa” en el Cono Sur en 1950. El regreso a Lima sería para Salazar Bondy el fin del período llamado por Mario Vargas Llosa “exilio cultural”. ¿Qué pasó después? En un reportaje en 1955, Salazar Bondy defendió la necesidad de una literatura latinoamericana, y que esta convicción era el producto “de una evolución”;

“Tuve una posición esteticista... Posteriormente es posible que a partir de mis lecturas de los realistas norteamericanos, llegué a la conclusión que una obra de arte tiene validez en cuanto es reflejo de un momento histórico de la vida del hombre, y precisamente, de la condición de estar limitada a una realidad proviene su belleza”[5].

Como resulta evidente, Norteamérica la hermosa es tan poco ocultable como Norteamérica la horrible, y el mundo más dialéctico y menos monolítico. La filosofía política norteamericana, la de su revolución democrática, la que está en la base de los realistas norteamericanos, la que desvirtuaron quienes estuvieron ciegos al imperialismo, y los imperialistas mismos, permite pasar a Salazar Bondy del esteticismo a la historia. El caso de García Márquez y Onetti con Faulkner y tantos otros no hace más que reiterarlo: las relaciones con Estados Unidos siempre serán ambivalentes para los latinoamericanos, aún para los más lúcidos e indigenistas entre ellos.

[1]Sur no comparte la posición de no intervencionismo contra Hitler en la guerra del ´45, posición que la acerca a los EEUU., a la vez que intensificará sus incomodidades y disidencias con el régimen peronista triunfante en las elecciones de 1946.

[2] Sebastián Salazar Bondy ,“La evolución del indigenismo” en Sur, Buenos Aires,1965, nro.293. Todas las citas al este ensayo siguen a la edición.

[3] En la editorial de ese número se subraya que “América Latina ha sido una preocupación constante de Sur”. “Entre los enfoques políticos se eligió el cultural, porque este es el campo en que siempre se expresó Sur, no el histórico ni el político ni ningún otro”. Más allá o más acá de esta particular delimitación del término cultura, el editorial aclara que en razón de los “cambios radicales” que involucran a América Latina como el resto del mundo, se asumió“llegar a casos límites en los que se tuvo que reclamar sobre la situación política de un país”, por los cambios que la política en Chile o en Brasil por ejemplo- sujetos a mudanzas de la clase media- infligiría en la cultura. Se subraya también, que aspectos como la violencia (en Colombia) o el indigenismo (Perú) tienen su lugar “porque no sólo son constitutivos de esos países sino también de muchos otros de Latinoamérica”. (“Sobre este número” en Sur, Buenos Aires, marzo-abril 1965,p.1)

[4] Por ejemplo, “...Fue la generación de Manuel González Prada, activa en el entresiglo, nutrido en el positivismo francés, radical en su origen y anarquizante en su apogeo, la primera que cultivó un anti-hispanismo diferente a aquel que movió a los alzados en contra la Corona de Madrid: se reveló sobre todo en la palabra de su maestro, contra el aristocratismo criollo, el concepto de superioridad racial y señorial, y la influencia eclesiástica, y pidió, con no poco candor rousseniano en verdad, un retorno a la pureza indígena” (p.45). Acaso la culminación de este decidido estilo, no exento de ironía y ausente de todo sentimentalismo aún bajo las maneras más soterradas, se observa en su Lima, la horrible.

[5] Citado enMario Vargas Llosa ,“Sebastián Salazar Bondy y la vocación del escritor en el Perú” en Contra viento y marea (1962-1982), Barcelona, Sudamericana-Planeta, 1983, pp-89-113.

 
     
   
 

Revista electrónica Discurso.org
ISSN 1666-3519 - Copyright© 2001 - Año 4 Número 7 2005